watermelon

Día de nevada en Madrid, sábado 9 de enero de 2021, Parque de San Isidro

SITUACIÓN LÍMITE. Esa fue la propuesta de mi taller de escritura creativa. Verdad. Ficción. En mi universo y, sobre todo, cuando escribo, la verdad está ficcionalizada. Agrego mi propio color, ese tinte que da color al recuerdo, después de pasarlo por mi cuerpo, por mis reflexiones, m idas y vueltas. Y cuando pensé en ese lugar límite, no fue una situación de aventura, tampoco de peligro físico si no un lugar de recuerdo en el cual el corazón estuvo pendiendo de un hilo, una vez en la que me asomé al vacío y no me dejé caer porque dentro mío hubo algo que me aferró fuerte al borde del precipicio. En ese entonces, fue gracias a un proyecto teatral, esa luz que después de pasar noches en vela me daba la fuerza y la inspiración para confiar en que valía la pena salir de la cama por las mañanas. Este texto surge de aquel precipicio que una vez vi muy de cerca. Gracias a él, gracias al eco que me devolvió ese vacío lleno de palabras con sentido, me siento hoy una persona fuerte, más tranquila, y mucho más feliz de lo que alguna ve fui. Gracias a esa noche de desesperanza, me fui reconstruyendo de a poquito en una persona llena de optimismo y perspectiva. Aquí va parte del texto; el original, un poco más largo y personal lo guardo para compartir en otro momento. Feliz lunes. Feliz 2021. Feliz vida. 

La cabeza contra la pared.

Como una sandía madura, casi en el punto donde empieza a estar mala,

reventada contra una superficie dura, fría.

Semillas de recuerdos que no van a florecer: que se quedan pegadas verticalmente como recordatorio de lo estéril que puede ser lo vivido cuando se re-vive indefinidamente.

El impulso de partirse el cráneo para que deje de doler, algo más profundo, que el golpe mismo.

Lágrimas jugosas —

Dulces y un poco agrías—

testigo de un portazo que hizo trizas el corazón.

¿De quién?

De lo que una vez fui, y dejé de ser a partir de ese día.

Del día que me di cuenta de que mi cabeza podía dejar de rebotar

y simplemente partirse en miles de pedazos.

¡Qué delicia el reconocerse en el pánico del abandono!

El dejarse llevar por la histeria del no saber cómo se podrá vivir el próximo segundo.

La primera y única vez que tuve una sensación tan clara, tan pedagógica. Esclava de la más absoluta incertidumbre.

De lo anodino al final de la historia en el accionar de un picaporte que deja lugar a la duda infértil, enfermiza.

¿Cómo se sale repentinamente del vacío del desamor?

Haciendo de la cabeza una sandía pasada de fecha.

Si lo hubiese entendido en ese entonces, en vez de llenarme de mentiras

–es pasajero/es cuestión de tiempo/es comprensible/es necesario/no soy suficiente…

Me hubiese ahorrado un océano de tristeza.

Pero en el ahorro no hay arte.

Y sin arte la sandía se hace ceniza.

Inmortalizada por un volcán en erupción sin ser esperado.

Mi cabeza no es ceniza.

Es sandía, que volvió a estar fresca (aunque ya no tiene semillas).

Publicado en redes sociales el lunes 11 de enero de 2021

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