miedos

Cercedilla, agosto 2019.

Hace tiempo que me dedico a ver activamente ante todo en mí, pero también en otras personas, cómo el miedo es el motor de muchas de las cosas que hacemos o dejamos de hacer. ¿Lo notás también? ¿Quizás ahora más? Porque, como sociedad, el miedo nos ordena. Esto no me lo invento. Ni me hago la revolucionaria. El miedo ante la fuerza —de la ley, por ejemplo— nos acorta las riendas, nos obliga a apaciguarnos en circunstancias que, si no fuera por ese orden, lo prenderíamos todo fuego. “Ordem e Progresso”, lee una bandera sudamericana. Respeto por el prójimo, o sea, respeto por el valor de la vida del prójimo, que nos lleva a respetar el ordenamiento normativo. Pero debajo de ese respeto, necesario en ciertos niveles ordenativos, se encuentra el miedo como primer engranaje. Miedo instrumentalizado.

Y nosotros, en nuestras vidas privadas, hacemos frecuentemente lo mismo. Instrumentalizamos nuestros miedos para “funcionar”. No digo “para vivir” porque justamente creo que cuando tiremos tanto de “miedos” hacemos lo contrario a vivir. Porque vivir, según lo entiendo, supone correr riesgos, adentrarse en lo desconocido, tener coraje y aprender de nuestros errores y dolores del pasado, pero no cargarlos en una mochila pesada en nuestras espaldas, como si la vida, para seguir, tuviera que ser parte martirio, parte sedación (más o menos conscientemente) buscada.

Y eso es, justamente, lo que hacemos cuando funcionamos con miedo. Miedo a que me lastimen de nuevo. A que no me quieran. A no ser suficiente. Miedo a que no me respeten. No me valoren. Miedo a que me vean tal cuál soy. A que se burlen de mí. Al ridículo. Miedo a que mi fuerza haga al otro sentirse poco. Miedo a brillar. A decir tonterías. Miedo a querer, a entregarnos sin pensar en que mañana igual ya no estaremos en esa historia. Miedo a “saltar sin red”. Miedo al dolor. Físico y emocional. Miedo a decir lo que pensamos, porque igual no nos querrá todo el mundo (nota al pie: todo el mundo NO te quiere). Miedo a quedarnos solos. A morir. Solos. 

¿Sabés que es lo mejor? Que ese miedo último, el padre de los miedos, el de la muerte, con su pareja, el de la soledad, son las únicas cosas ciertas, que sucederán, para lo cual no hay ningún velo de incertidumbre. Morimos. Solos. Por más que participemos en un suicidio colectivo. Morimos. Solos. Y todos, morimos. Entonces, ¿para qué perdemos tanta energía teniendo miedo a cosas certeras? 

Pero claro, pienso, hay otros miedos que justamente se relacionan con incertidumbres, con cosas que no manejamos… ¿No es esa la clave, pues? Si no controlamos nada —bienvenid@ a la única máxima que sí deberíamos controlar a esta altura del partido— ¿para qué perdemos tanta energía preocupándonos por cosas que, de todas formas, no tenemos la capacidad de manejar? 

Y aquí llegamos a uno de los puntos, que creo, clave: cuando nos centramos en cosas que están fuera de nosotros; cuando la vida gira en torno al miedo a todo eso que nos rodea que es incierto, entramos en modo “funcionar” y no “vivir” porque no estamos dentro nuestro, sino que la idea de vida que tenemos, la idea de “yo” que nos mueve es un mero reflejo de lo que el afuera, incierto, instrumentalizado, finito, nos dice que somos. Y si a esto le sumamos que la dupla miedo-incertidumbre nos habla sobre todo del “futuro”, de cosas que queremos controlar que muchas veces ni siquiera han sucedido aún…bueno, menuda ensalada en la que nos hemos metido. 

El presente es lo que importa. Lo que ES. Ese presente encarnado en lo que SOY, no desde el reflejo, sino desde lo que yo siento, en mis entrañas, que SOY. 

Y esto no quiere decir que vivamos en un “viva la pepa” sin planificar hacia dónde queremos ir, sino que esa planificación tiene que estar enraizada en una verdad como un templo: lo único que realmente existe es el ahora. Planificamos para organizar el caos que nos rodea y sentirnos mejor al darnos una idea lineal de “camino” por el creemos/queremos avanzar, pero es importante saber que ese orden es artificial y ese camino tiene infinitos desvíos, porque nos gobierna ante todo la incertidumbre. 

El verano pasado, cuando terminé mi primera experiencia del Camino de Santiago, me crucé con un libro de Osho que se llama “Coraje”. Es lo único que he leído de él hasta el momento, y fue una lectura que me sirvió mucho en este proceso de entender cómo nos autolimitamos recurriendo a nuestros miedos. 

Dice muchas cosas interesantes. Audaces, difíciles incluso. Transcribo aquí una parte que resuena mucho con esta reflexión en la que estoy; releerla después de meses, y compartirla, me renueva la confianza de que esta pregunta, por más compleja que sea, es una en la que quiero seguir activamente indagando. Aquí va:

“Escucha siempre a lo desconocido. Y reúne valor para adentrarte en lo desconocido. Es necesario ser muy valiente para desarrollar tu destino, no hay que tener miedo. Las personas que están llenas de miedo no pueden ir más allá de lo conocido. Lo conocido da una especie de comodidad, seguridad, confianza, porque lo conoces. Estás perfectamente informado, sabes cómo abordarlo. Puedes estar casi dormido y seguir haciéndolo, no necesitas estar despierto; es la ventaja que tiene lo conocido.

En cuanto atraviesas la frontera de lo conocido surge el miedo, porque ahora estarás en la ignorancia, no sabrás qué debes hacer y qué no. No estarás seguro de ti mismo, podrás equivocarte; podrás perderte, este miedo es lo que mantiene a la gente maniatada, y una persona que está imposibilitada para lo nuevo está muerta.

Solo se puede vivir la vida peligrosamente, y no hay otra forma de vivirla. La vida solo alcanza la madurez y el crecimiento a través del peligro. Tienes que ser un aventurero, siempre dispuesto a arriesgar lo conocido por lo desconocido. Y en cuanto hayas probado la alegría que produce la libertad y la ausencia de miedo, nunca te arrepentirás, porque sabrás qué significa vivir al máximo. Sabrás qué significa quemar la antorcha de tu vida por los dos extremos. Un solo instante de esa intensidad es más gratificante que toda una eternidad de vida mediocre“.

Madrid, 7 de abril de 2020. A 24 días de la cuarentena por Coronavirus.

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