la longitud de un minuto

León se prepara para salir de casa. Su habitación está lo suficientemente ordenada –ha hecho la cama lo mejor que se puede teniendo en cuenta que un chico de dieciséis años no le da la misma importancia al quehacer de la casa que le daría su madre; ha dejado sus cómics en la biblioteca, y la ropa más o menos doblada en el armario, que por suerte del destino tiene una puerta que se desliza para cubrir cualquier tipo de desorden que pudiera resultar de una metodología de doblado de ropa poco convencional, como la que un adolescente puede aplicar cuando las arrugas en las camisetas no son aquello que le quita el sueño antes de entregarse al acto de dormir. Decide ponerse sus vaqueros favoritos, esos que tiene un color azul gastado y dan una idea de prenda de trabajo, como si a base de tanto uso esos pantalones tuviesen su propia historia que contar. Y la tienen: hace unos años, León estaba paseando con su madre por el centro comercial que queda cerca de la casa de su abuela Edith, en las afueras de la ciudad. Habían ido a aquel lugar en busca de un regalo para su padre, Adin que, como su nombre cuenta, es un hombre delicado y de buen gusto, que tiene como contracara a su afable humor una disposición desafiante a la hora de regalarle algo que aprecie de verdad, puesto que tiene poca confianza en las elecciones estéticas de aquellos que lo rodean, a base de comprobar, vez tal vez, que aquello que le regalan nunca llega ni a los talones de aquello que él considera bello. La belleza, como se sabe, es cuestión de gustos, pero Adin siempre ha creído que esa afirmación es solo una manera de justificarse ante la realidad objetiva de que el buen gusto no es patrimonio de todos los seres vivos: algunos lo tienen y otros, simplemente, no. En esa ocasión, madre e hijo se habían hecho carne del desafío de comprar un regalo digno de los altos estándares de Adin y para ello habían planeado un viaje al centro comercial más grande que su ciudad tenía, con la idea de tener opciones suficientes y así no correr el riesgo de quedarse sin opciones disponibles cuando la desesperación se hiciera presente, y el impacto de la realidad dejara caer sobre ellos el reconocimiento de que ninguna tienda de ningún centro comercial estaría nunca a la altura de los anhelos elevados de un hombre que en vez de pertenecer a una familia de clase media profesional de un barrio semi-acomodado de Tel Aviv en el siglo XXI debería haber nacido en el Versalles de Luis XIV, haber sido un miembro activo del despilfarro y expresado un marcado desinterés por el común de los mortales que seguramente sufrían de hambre y desesperanza ante un mundo que giraba en torno a un Sol que no dejaba que sus poderosos rayos calentaran la piel resquebrajada de sus más humildes súbditos. Después de horas de pasearse diligentemente por los pasillos y los distintos niveles del centro comercial, Rahel y León se desesperanzaron al unísono, y decidieron que no iban a ser capaces de volver a atravesar la sensación de desatino y derrota máxima que sentían cuando, una vez al año, se disponían a comprar el regalo de cumpleaños de Adin. Luego de dar más vueltas de las recomendadas por aquel centro comercial que a base de tanto recorrerlo se había convertido en su segundo hogar temporal, madre e hijo decidieron que lo mejor sería llevar al cumpleañero a comer a un restaurante caro y de moda que apareciera en alguna de las revistas snob que, secretamente, Adin compraba al salir del trabajo y escondía entre las carpetas y los papeles importantes que traía a casa por las noches en su maletín de cuero marrón de cabra, uno de los pocos regalos que había considerado digno de ser usado, principalmente porque él mismo había marcado el rumbo a la tienda donde se vendía tal preciado objeto, que había considerado necesario para reemplazar el no tan gastado pero sí pasado de moda maletín de cuero vegano tintado en azul marino. Entre tantas vueltas y rodeados de tentadoras tiendas, tanto Rahel como León habían visto cosas de su agrado, y para no salir con las manos vacías de aquel espacio destinado principalmente al consumo muchas (muchísimas) veces innecesario, decidieron comprarse un recuerdo, un souvenir para cubrir con el velo de la necesidad autoimpuesta una aventura que claramente había terminado en derrota. Fue en ese entonces que León terminó por comprarse los dichosos vaqueros gastados por el no uso y su madre, una camisa floreada de gusto indeterminado que, sin embargo, dejó muy satisfecha a su compradora. Ya en casa de la mamá de Adin, con chocolate caliente en mano, León informó a su abuela del curso que había tomado la expedición y, con una clara sonrisa de conocimiento adquirido, Edith (al fin de cuentas, era la madre del susodicho padre difícil de contentar) acordó con su nuera y su nieto que la comida en el restaurante pomposo (ella usó esa palabra; ni Rahel ni León se refirieron a la elección de restaurante usando esos estándares, aunque el uso de la palabra explica con suficiencia las razones biológicamente heredadas que movían a Adin a ser, francamente, tan quisquilloso) era la mejor opción ante el resultado de la aventura devenida en salida de compras personales para madre e hijo. Pues bien; ya habían pasado dos años desde aquel entonces, y esos vaqueros acompañaban a León aquellos días en los que el joven quería lucir su mejor aspecto, pero sin que se viera necesariamente el esfuerzo que eso suponía. Y para terminar el capítulo de Adin, puedo agregar que cada cumpleaños es, para la familia Hakimi – Leib, un desafío que ha marcado noches en vela y que, con la ocurrencia del tiempo, irá tomando la forma de una guía Michelin no autorizada, recogiendo año a año cuan testigo improvisado las visitas a los mejores restaurantes que aquella urbe moderna puede ofrecer. Incluso, habrá años que los festejos culinarios se trasladarán a otras ciudades, incluso países, para contentar a la indomable preferencia de Adin por todo aquello que sea novedoso, bello y le devuelva una sensación de sensualidad y vitalidad que, curiosamente, él irá perdiendo con los años, pero que compensará a través de esos regalos llenos de derroche, complacencia y –para qué mentir— un poco de hartazgo no expresado por su hijo y su esposa, que inconscientemente albergarán un deseo impronunciable porque su padre se convierta de una buena vez en una persona normal, o deje de cumplir años. Pero esa mañana de primavera en la que León se dispone a salir de casa, los vaqueros combinados con su camiseta de Tokyo Ghoul y su sudadera negra le dan al joven un aspecto de adolescente internacional, que podría estar preparándose para pisar las calles de Londres, Nueva York o Seúl, si no fuera por el marcado aspecto que tiene de ser de una parte concreta del mundo, con su cabello negro y voluminoso cubierto por risos rebeldes que caen por su cuello en forma de tirabuzones, sus grandes ojos negros, profundos y enmarcados por cejas pobladas y largas pestañas que le dan un aspecto femenino a una mirada que quiere a gritos desprender masculinidad; una nariz larga y se podría decir casi perfecta que termina suavemente en una boca bien enmarcada y poblada por una sonrisa corregida por años de dentistas y frenos dentales. León es un joven guapo, algo que hasta cierto punto sabe, pero su aspecto aún demasiado juvenil y un poco femenino es constantemente compensado por un esfuerzo vocal grave y una apariencia callejera llegando incluso, a veces, a coquetear con estilos urbanos más sectarios, como el punk. No me malinterpreten –un chico de familia de clase media semi-acomodada, hijo de un profesor de matemáticas de la Universidad de Tel Aviv y de una maestra de enseñanza especial difícilmente lograría encarnar el ideal punk sin que un suave soplido derrumbase las ambiciones por pertenecer a tal selecto grupo, pero eso no desalienta a León a la hora de adoptar ropas y gustos musicales que le permitan coquetear con la idea de que podría pasar, al menos por unos segundos, por un verdadero exponente del neo-punk israelí de 2021. León, listo para salir de su habitación algo ordenada y reunirse con sus amigos y amigas –entre ellas, Sara, una adolescente delgada y algo pálida, con cabello de color cobre y sonrisa gigantesca que goza de la especial admiración de nuestro Rey de la selva— recuerda, repentinamente, que había prometido a su madre que se quedaría esa tarde en casa para esperar la entrega de un paquete que ella misma había calificado de “suma importancia”. A cambio de una recompensa previamente negociada entre madre e hijo–el último podría comprar el Pokemón Ultraluna, videojuego de Nintendo 3D que el joven anhela desde su anticipada salida hacía unos pocos meses— León debe quedarse a la espera del paquete, sin importar cuánto tiempo se demore su llegada. Sacando su móvil del bolsillo trasero derecho de sus vaqueros favoritos, León escribe un mensaje al grupo de Telegram de sus amigos más cercanos para avisarle que, probablemente, acudirá tarde a la cita programada. En todo caso, sigue escribiendo, avisará en el grupo cuando esté listo para salir, para que le envíen la localización actual. Con un suspiro de resignación envuelto en frustración contenida, León se sienta en el escritorio de su habitación, abre su ordenador portátil y entra en el Facebook de Sara, la chica de sus deseos. Nadie dijo que la espera no pueda ser excitante, ¿no?

Propuesta del taller de Escritura creativa de Fuentetaja en torno a la escritura de Gogol. Publicado en redes sociales el miércoles 20 de enero de 2021.

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