pleamar-bajamar

Había vuelto a la playa de Bolonia. Hacía muchos años –más de diez— que no la pisaba. Yo era otra entonces. Siempre me dio gracia cuando las personas dicen que no podemos cambiar. Desde dónde yo lo veo, estamos en constante cambio: la persona que soy ahora no es la que una vez fui ni la que seré. Todo lo que me rodea hace que nunca me sienta la misma.* Mis circunstancias cambian. La gente va y viene. Lo que me interesa y lo que me mueve a seguir adelante se transforma. He cambiado tantas veces de piel…

Y también cambian los lugares. Volvía a pisar esa playa, pero la arena era otra, las olas del mar traían otra música a la orilla. Reencontrarme con lo supuestamente conocido, sabiendo que solo me quedaba redescubrirlo. Así empezó mi caminata por la orilla, con los pies descalzos y el viento soplando levemente en mi cara. No hacía mucho calor pero el sol estaba presente, alumbrando mis pensamientos, que no paraban de fluir en mi mente, como un torrente de ideas confusas y consabidas que no me dejaban disfrutar del momento. Me detuve. Respiré profundamente un par de veces y decidí darles una pausa a mis pensamientos, para conectarme con lo que me rodeaba. El aire olía a sal marina, y la playa se convirtió ante mis ojos en un remanso. Finalmente iba a poder descansar mi corazón herido.

Hacia un mes que me había separado de mi pareja. Quince años de vida compartida, de sueños construidos en tándem y proyectos de futuro que ahora parecían sacados de una historia utópica propia de las series de Netflix. La ruptura había sido brutal, inesperada, dolorosa, violenta. Nuestras vidas estaban desde hace años surcando caminos paralelos, pero yo me negaba a verlo. Seguir con la rutina y crear castillos en el aire era más fácil que hacer frente a la realidad. Y ahí me encontraba yo, frente a frente con la más cruda de las realidades: volver a dar sentido a quién yo era, a mi individualidad y mis deseos personales.

Volví a caminar. La playa estaba desierta, era muy temprano a la mañana y no se percibía más que la cadencia de la marea. Habré caminado durante unos veinte minutos cuando, de repente, vi una figura que a lo lejos caminaba en sentido contrario al mío, también por la orilla. Me sorprendí, porque juraba estar sola, pero ahí aparecía esta figura humana, que se movía lentamente hacia mí. Por un momento pensé en dar la vuelta, no tenía ganas de cruzarme con nadie. Quería poner en práctica esa máxima que muchas veces achacan a los niños pequeños cuando empiezan a jugar con lo que les rodea: lo que no se ve, no existe. Me dije, pues, que si me daba la vuelta esa presencia dejaría de existir. Me habré quedado quieta un rato, sopesando qué hacer, pero no sé por cuánto tiempo. Solo recuerdo que, cuando finalmente había llegado a una decisión –dar la media vuelta— ya era muy tarde. La figura extraña estaba cerca de mí, caminando a paso rítmico y en dirección clara hacia dónde yo me había detenido. No pude volver a moverme: a medida que se fue acercando, me invadió la sorpresa. Yo conocía a esa persona. La figura extraña no lo era, en realidad. Creo que por unos segundos dejé de respirar, no daba crédito a lo que veían mis ojos. Diego. 

Compañero de universidad en mis épocas de veinteañera idealista, cuando aún vivía en Buenos Aires, y el desarraigo no era parte del plan; primer noviecito formal a quien había hecho trizas el corazón. No veía a Diego desde esas épocas y, sin embargo, lo reconocí al instante. Cabello rubio rizado, ojos verdes, cuerpo fuerte. Un hombre bello con una sonrisa contagiosa. No sé cuándo me reconoció, yo estaba en tal estado de shock que el tiempo dejó de tener sentido en ese momento. Lo único que recuerdo es que vino directo hacia mí, y me llamó por mi nombre.

Lo abracé. Un abrazo fuerte y sentido. Él no respondió enseguida a mi efusividad, pero a medida que el abrazo se fue asentando, sentí como su cuerpo se entregaba a la sensación del mío. 

Nunca le había pedido perdón por todo el daño que le había hecho. Un buen día decidí dejarlo, en parte por miedo al compromiso, en parte porque teníamos visiones muy distintas de la vida. Años de reflexión me llevaron a entender eso, pero en el momento de la ruptura no había sido capaz de articular estas conclusiones con tanta claridad. Simplemente le había dicho que no le quería más, me había dado media vuelta y nunca más le había vuelto a ver. No atendí a sus llamadas, no me importó saber cómo estaba. Egoísmo infantil, miedo a hacerme cargo de los sentimientos de los demás. 

Y ahí estábamos, él y yo, enredados en un abrazo en la playa de Bolonia. Le pedí perdón. Las lágrimas me caían por las mejillas, me costaba articular las palabras, pero tenía que disculparme por todo el daño que seguramente le había causado. Me escuchó atento, emocionado pero también tomando un poco de distancia. 

Pasaron las horas. La playa se llenó y se vació de gente. Nosotros, sentados en la orilla que cambiaba de frontera, hablamos y hablamos. Cuando llegó la noche nos despedimos. Un abrazo. Otro, distinto. Cargado de palabras dichas, de historias contadas, de disculpas caducadas pero sentidas.

Me dijo que tenía que seguir su camino. Se puso de pie y se marchó. No seguí sus pasos: el cielo estaba cubierto de un manto de estrellas que cautivó a mi mirada necesitada de nuevos horizontes. Cuando volví los ojos a la playa, no había ya rastro de Diego. 

Propuesta de texto para taller de Escritura Creativa de Fuentetaja. Ejercicio: acontecimiento inesperado. 5 de septiembre de 2019.

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