Monzón

Me gusta la nieve. Cuando cae, los copos blancos me hacen sentir como el personaje de un cuento de hadas. Cristales suaves y fríos que caen desde el cielo y se desvanecen al tocar el suelo. Mágico. La lluvia me entristece. La nieve me hace sentir especial. Irónicamente odio el frío, soy de esas personas que no lo saben llevar bien. Pero cuando cae la nieve el frío desaparece. No siento la temperatura, solo el tacto suave del agua cristalizada.*

Nací en un lugar dónde no nieva: hace calor la mayor parte del año, y todo lo que cae del cielo es agua, a veces en baldazos que nublan la vista y empantanan los caminos. En mi región, las inundaciones son frecuentes y muchas veces arrasan con todo lo plantado. Recuerdo una tarde de julio durante mi niñez, estaba jugando en el campo con amigos y comenzó a llover. Era una tormenta eléctrica y no teníamos dónde cubrirnos. Empezamos a correr hacia el pueblo pero el campo se estaba inundando y no pudimos seguir avanzando. Finalmente encontramos un tractor que seguramente un campesino había abandonado al comenzar la lluvia, nos subimos y bajo su protección observamos la tormenta. No recuerdo cuánto tiempo nos quedamos en el tractor, en ese entonces no llevaba reloj y las horas pasaban más lentamente. Cuando la lluvia amainó, dije adiós a mis amigos y me dirigí a mi casa. Tardé en llegar porque el campo estaba anegado y no era fácil atravesarlo. Recuerdo que llamé en voz alta a mi madre nomás cruzar el pórtico de entrada del jardín, y ella salió corriendo a mi encuentro, con cara preocupada y visiblemente cansada. Le expliqué dónde me había protegido de la tormenta; me abrazó y me dijo que teníamos que sacar agua de la casa, que se había inundado. No fue la única vez que tuvimos que hacer frente a una inundación, pero recuerdo que en esa ocasión perdimos muchas de las pocas cosas que poseíamos, y me di cuenta, en ese momento, que la lluvia y yo no seríamos buenos amigos.

Cuando crecí me fui a ir a vivir a otro país. Puedo decir que esa decisión fue motivada por mis necesidades educativas y profesionales –lo cual no deja de ser cierto— pero mientras más lo pienso, más me convenzo de que en gran parte la decisión de dejar mi país está profundamente relacionada con el temperamento del clima en el que crecí. 

Me marché hacia el norte, a una tierra más fría y ordenada. Estudié en una buena universidad y, al terminar, encontré un trabajo bien remunerado, estable y lo suficientemente interesante para no considerar la posibilidad de buscar otra cosa. Desde entonces vivo en este país, en donde el agua cae del cielo en forma de nieve durante gran parte del año.

Cuando nieva, salgo a la calle. Me visto con ropas abrigadas y botas impermeables. No llevo guantes ni sombrero: me gusta sentir el tacto de la nieve sobre mis manos y mi pelo. Cuando la nieve cae suavemente, mi caminata es lenta y puede durar horas; cuando la nieve cae con violencia y el viento la empuja con fuerza, mis paseos son cortos, y suelo quedarme de pie al aire libre, sintiendo la potencia de los copos sobre mi cara. Me gusta la palidez monocromática del paisaje nevado: me llena de paz. Entre el ruido visual de la vida citadina que llevo, y el recuerdo de una niñez enmarcada por la dureza de los monzones, el blanco de la nieve apacigua mis sentidos cansados y me otorga un lienzo limpio sobre el cual volver a expresarme: foja cero, bajo un manto de agua escarchada y el viento salado del mar báltico. 

*Propuesta de texto para el taller de Escritura creativa de Fuentetaja. Ejercicio: narración en primera persona. 24 de septiembre de 2019.

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