La Línea de Marte

espacios- atmósferas-tiempos:

  • Un café en Madrid. Marzo de 1984. Es un café céntrico. Es de mañana. Hay muchas personas sentadas en la barra, tomando café con leche con croissants y otras con churros. Están incluso los más atrevidos, que se toman un carajillo. Oscar y Luis, dos hombres de aproximadamente treinta años están sentados en la barra con sendos cafés con churros. Ambos están fumando. Hay mucho humo en el café. Oscar está vestido con una americana de pana gastada color marrón y pantalones haciendo juego, también gastados. Luis viste de camisa celeste, recién planchada. Lleva gafas y un cuaderno con un bolígrafo. Está tomando notas.* 
  • La Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, marzo de 1978. Es de noche, a la salida de las clases del turno nocturno. La Universidad vibra con el movimiento de los estudiantes que se juntan por los pasillos y la entrada. Se escuchan conversaciones, risas; algunos estudiantes intercambian notas y apuntes, otros se reúnen para planear actividades. Todos saben que la universidad está vigilada por la policía secreta, por lo que las conversaciones están bañadas de un halo de desconfianza, más o menos explícito. Rosario y Laura acaban de salir de la clase de Ética. Laura ve a Ricardo, estudiante senior de Filosofía que también sale de clases. Se acerca a él y hablan animadamente. Luego, Laura se acerca a Rosario para avisarle que han sido invitadas a una fiesta secreta organizada por las juventudes del Partido Comunista. 
  • Esa misma noche, un piso céntrico en la zona de San Telmo. Un espacio grande, con pocos muebles pero repleto de gente joven hablando, fumando, escuchando música y bailando. En un rincón del salón, en torno a una mesilla baja, están sentados los cabecillas de la rama joven del PC. Están hablando enérgicamente, de algo importante. El resto de los invitados miran de vez en cuando a esa esquina, puesto que no es habitual encontrar a esos personajes reunidos en una fiesta aparentemente inofensiva. 
  • El piso de Marta en la calle Riobamba, pleno centro de Madrid. Un piso pequeño, lleno de libros y de recuerdos que evocan a Rosario, tanto en su vida como en su desaparición. Marzo de 1982.
  • Un sótano en Buenos Aires. Marzo de 1978. Rosario está atada a una silla. Viste solo ropa interior y tiene los ojos vendados. Está descalza. Tiene marcas en el cuerpo, como si alguien la hubiese golpeado. También tiene marcas pequeñas, redondas, de quemaduras, como si hubiesen apagado cigarrillos en su piel.  Rosario esta sola en un cuartucho más bien oscuro. Solo una lámpara desnuda cuelga del techo bajo. El suelo y las paredes son de cemento y están sucias. Hay mucha humedad en el lugar. Se escucha el ruido del agua que cae del techo en forma de goteras que caen directamente al suelo, haciendo charcos que se van ampliando. Se escuchan voces fuera del lugar. Rosario se estremece. Su piel se encrispa. 

Personajes:

Año 1978: Rosario (20), Laura (21), Ricardo (23)

Año 1980: Marta (46)

Año 1984: Oscar (30), Luis (35)

A Rosario le encantaría esta cafetería. Siempre le han gustado los ambientes animados pero con un halo de misterio matutino. De noches largas y mañanas difíciles de afrontar. De olor a grano de café mezclado con tabaco. Y le encantaría Madrid. El ambiente que vibra en las calles, especialmente por las noches. La necesidad de expresarse que no se queda embotellada, que sale de forma rabiosamente colorida. Mi hermana es así: se viste como si los colores del arco iris no le alcanzaran para expresarse. No puedo creer que hayan pasado seis años desde que no está…

Oscar se detiene un momento. Toma un sorbo de café con leche, y enciende un cigarrillo. A sus treinta años, parece haber vivido el doble de su edad. Se lo ve cansado, incluso diría anestesiado. Se queda en silencio como si quisiera, al mismo tiempo, borrar el dolor y mantenerlo cerca, vivo. Después de unos minutos de café con churros, decido retomar la conversación. Abro mi anotador, y con bolígrafo en mano, le pido que me cuente la historia de Rosario, su hermana desaparecida en la más reciente dictadura Argentina, conocida como el Proceso de Reorganización Nacional.

Rosario tenía veinte años la noche que fue detenida ilegalmente, un día como hoy, 19 de marzo, pero del año 1978. Era estudiante de filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y cursaba el tercer año de la carrera. Mi hermana adora la filosofía; tiene un amor especial por los griegos –la he visto emocionarse más de una vez releyendo el Banquete de Platón— pero admiraba profundamente el movimiento de los derechos civiles estadounidense, y Martin Luther King era su ídolo. Rosario es una idealista, una humanista, y de alguna manera, una revolucionaria. Pero no cómo creían esos bastardos que la secuestraron. La violencia le repugnaba: admiraba a Gandhi, pensaba que la desobediencia no violenta era la manera de cambiar el mundo.

Una inocente. Una soñadora en un mundo que devora a las personas que creen en el amor fraternal sin barreras. Me llama la atención que habla de su hermana en tiempo pasado y en tiempo presente. Los desaparecidos no están muertos hasta que sus cuerpos sean encontrados. Se mantienen en un limbo existencial. Son recuerdo y son presente, porque dejarlos en el pasado es negarles la posibilidad de otorgarles un lecho identificado donde finalmente descansar. Quiero preguntarle sobre esto, pero siento que igual lo desvíe de lo que importa, y decido seguir escuchando y tomando nota sin interrumpir.

Necesito respirar. Le pido a Luis que me disculpe un momento, que a veces los espacios con tanta gente y ruido me agobian. Voy a la entrada del café y me quedo un rato fuera, fumando y observando a la gente pasar. Tengo que llamar a Marta. Hace tiempo que no hablo con ella y debe estar preocupada. Su estado natural. O mejor dicho, su estado de adopción. No importan cuántas veces le diga que en Madrid se está bien, que no hay peligro, que nadie me busca ni se interesa por mí. Que soy un simple empleado en una librería vieja y escondida. Que paso los días entre libros, y las noches entre más libros. Como buena madre, y con una hija desaparecida, Marta no duerme bien por las noches. Yo no soy madre ni padre, pero tampoco duermo bien por las noches.

Oscar vuelve a sentarse y le pregunto si podemos seguir con la historia. Le pido que me cuente sobre la noche de la desaparición. Me dice que esa noche su hermana salía de una clase de Ética. Rosario cursaba sus estudios en el turno nocturno, mientras que durante el día trabajaba en una panadería de su barrio. Aparentemente el ambiente de la facultad de Filosofía de la UBA –así la llaman los argentinos— en esos años estaba muy caldeado. Los estudiantes se reunían después de clase, para hablar de sus clases, socializar, pero sobretodo, para hablar sobre la situación política del país. 

Eran épocas peligrosas y los estudiantes lo sabían. Sabían que en la facultad estaban siendo observados por militares vestidos de civil. Sabían que las paredes escuchaban y que podían caer en problemas. Pero no eran completamente conscientes de la envergadura del problema. Eran jóvenes, se sentían fuertes y poseedores de la verdad. No te imaginás las veces que discutí con mi hermana por esto. En ese entonces yo estaba terminando la licenciatura en Letras. A diferencia de Rosario, me había tomado los estudios con mucha calma, entre otras cosas, porque no tenía muy claro si quería ser librero, escritor, mecánico dental o astronauta. Estaba perdido…eso no ha cambiado mucho. El tema es que Rosario, por más que no estuviese involucrada activamente en ningún grupo de la izquierda más contestataria, estaba metida hasta el cuello en ese caldo de cultivo. 

La noche de la desaparición, como decía, Rosario salía de clase con su amiga Laura. De hecho, gracias a ella sabemos lo que pasó hasta el momento del secuestro. Era un viernes, Laura y Rosario habían sido invitadas a una fiesta secreta que se hacía en un departamento –un piso, como dicen acá— en el barrio de San Telmo. Laura tenía un noviecito que estaba en quinto año de Filosofía y las convenció de ir a la fiesta con él y sus amigos. Ricardo Guzmán se llama…también desaparecido. Laura y mi hermana decidieron ir con ellos, aunque Laura contó que Rosario no estaba del todo convencida. Se sentía cansada y, sobretodo, mi hermana no era una persona nocturna. Le gustaba despertarse temprano y salir a pasear con Rosa Parks –su ovejera alemana— y pasar la tarde leyendo, estudiando y tomando mate con sus amigas del instituto. Pero Laura insistió en que la acompañara, y Rosario finalmente accedió. Cuando llegaron, cuenta Laura que el piso estaba lleno de gente, en su mayoría estudiantes, bailando, fumando, tomando…en fin, de fiesta. Laura también contó a Madres, a Madres de Plaza de Mayo, que en la fiesta había unos “pesos pesados” de la juventud del Partido Comunista. Se sorprendió porque no era habitual que esos personajes se encontraran en público y en una fiesta aparentemente inofensiva. Pero ahí estaba el problema. La fiesta era una tapadera mal organizada. Y al cabo de un rato cayeron los milicos, perdón, los militares, y la fiesta se transformó en pesadilla. 

Laura, la amiga de la hermana de Oscar pudo escapar. A través de la ventana del baño. Caminando por la cornisa del edificio. Trepándose a las azoteas. Corriendo sin mirar atrás. Ella y unos cuántos más. Porque estaban en el baño drogándose. Porque el destino quiso que el baño fuese el lugar de redención. Y las azoteas el camino a la libertad. Oscar se prende un piti. Yo hago lo mismo. La nube de humo que rodea la barra del café nos arropa. No creo ser capaz de salir de ella. Si yo hubiese estado en esa fiesta, habría sido de aquellos que se hubiesen librado de la desaparición.  

Rosario estaba en el salón. Laura no vio mucho de la redada porque escapó enseguida. Pero alcanzó a escuchar gritos. Muchos gritos. A mi hermana se la llevaron, junto con Ricardo, sus amigos, y otros treinta chicos y chicas que estaban en la fiesta. Incluyendo a tres de los jefazos de las juventudes del PC. Menos uno, que logró escapar. A partir de ahí Marta, nuestra mamá, se dedicó de lleno a la búsqueda de Rosario. Eran tiempos difíciles y te podías meter en muchos líos si preguntabas demasiado. Pero a Marta ya no le importaba su vida, y esa era la única manera de hacer frente a una situación en la que había que ser un poco –o bastante— kamikaze. Pero Rosario no aparecía. Se había desvanecido sin dejar rastros. Todas las búsquedas, todas las preguntas, todas las pistas se perdían en la nada. En la misma nada que habita mi hermana. Y así fueron pasando los años. Marta iba todas las semanas a manifestarse a la plaza de Mayo junto con las Madres. No importaba cuánto se manifestara ni cuánto siguiera indagando, a Rosario se la había tragado la tierra. 

Oscar se detiene. Veo cómo se escapan a través de sus ojos todos los recuerdos, todas las imágenes llenas de frustración y miedo, de tristeza e impotencia. Se prende otro piti, pide otro café con leche. Hago lo mismo, pero esta vez pido un carajillo, algo me dice que necesitaré del alcohol para hacer frente a lo que se viene. 

Recuerdo patente el día que llegó la carta. 20 de marzo de 1982. Marta estaba en su departamento, el que nos vio crecer a mi hermana y a mí. Un piso chiquito en pleno centro de Buenos Aires. Cuando entrabas ahí te sentías como si te estuvieses adentrando en la base de operaciones de alguna organización secreta. A eso nos obligaron los milicos: a usar algunas de las tácticas de mierda que ellos usaban. En ese entonces yo me había mudado a un piso compartido en el barrio de Palermo. Estaba desayunando cuando recibí el llamado de mi mamá. Casi no podía entender lo que me decía. Entre llantos y gritos de desesperación, logré descifrar dos palabras: “Rosario”y “venite”. El camino de ida lo he borrado completamente. Solo recuerdo que salí corriendo y me subí a un taxi. Cuando entré al departamento de mi mamá en la calle Riobamba, la encontré llorando descontrolada. Gritaba y se tiraba de los pelos como si se estuviera quemando viva. La agarré de los hombros y le pedí que se calmara. Entre gritos desesperados me dijo que le habían entregado una carta en Madres, que se trataba de Rosario. Aquí tengo una copia de la carta. La he traído para que la leas. Hace años que no la abro. No puedo. Pero sé que es esto lo que venís a buscar, y creo que la historia de Rosario tiene que ser contada. 

Oscar se pone de pie, se bebe lo que queda de café, intenta pagar pero le digo que yo invito. Me coge de la mano para saludarme y la estrecha fuerte. Me dice que cuando ya no necesite la carta, que la tire. O me la quede. O que haga lo que quiera con ella. Él, me dice, ya no quiere tenerla a su lado. Sale del café sin mirar atrás. 

Las lágrimas empezaban a caerme por las mejillas y no quería que Luis me viera. No me importa llorar frente a extraños, pero prefiero que se quede con la información, con los hechos de lo que le pasó a mi hermana, no con la imagen de una persona partida y vacía por el dolor. Salgo a la calle y me quedo en la entrada del café. Me prendo un pucho y miro hacia adentro. Veo como Luis va leyendo la carta. Veo cómo su cara se transforma, cómo se apodera el horror del relato desapegado y terriblemente detallado que contiene. De la tortura de mi hermana, del calvario que le hicieron pasar a una nena de barrio por haber estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado.  ¿Igual los otros sí se merecían ser torturados, los “jefazos” de las juventudes del PC? Siempre me pregunto si la inocencia de mi hermana es lo que hace todo esto más trágico, más inaguantable. Y siempre llego a la misma respuesta. Su inocencia lo hace más irónico, pero no más trágico. La tragedia no entiende de ideologías. 

Ha pasado casi exactamente un año de la reunión que tuve con Oscar, el hermano de una de las desaparecidas argentinas. Rosario. Hoy se publica mi artículo en la revista Interviú. Va de testimonios, de relatos en tercera persona sobre desaparecidos durante la última dictadura en Argentina. De todas, la historia de Rosario es la que aún me despierta por las noches. El haber accedido a esa carta, a la narración directa de su tortura, y contada por uno de sus torturadores me ha marcado la vida. Da igual cuánto uno pueda arrepentirse por las locuras que termina haciendo por miedo o por ignorancia; a ese hijo de puta anónimo le rompía las piernas con una maza. Siembra odio y cosecharás violencia. Que traerá más odio. Y más violencia. 

Anoche soñé con Rosario. Estaba en el sótano donde la tenían atada. La podía ver, casi desnuda, temblando de frío, con la nariz llena de mocos por tanto llorar. Estaba apagada, como si la vida ya se estuviese yendo de su cuerpo. Miré alrededor y vi el aspecto del lugar: sucio, húmedo, claustrofóbico. Me acerqué lentamente a Rosario. Al oír mis pasos, se puso a temblar como una hoja, mientras me pedía que no le hiciese más daño. Estaba llena de moretones, de quemaduras de cigarrillo…tenía la ropa interior rota, ensangrentada y la cara casi deformada por los golpes. Recuerdo decirle que no tuviera miedo, que su hermano venía a rescatarla, que todo iba a estar bien. 

Y desperté. 

*Propuesta de texto para el taller de Escritura Creativa de Fuentetaja. Ejercicio: historia en un plano (espacio-tiempo-atmósfera). 16 de noviembre de 2019.

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