Rosa en cautiverio

–Rosa, ¿me escuchas? 

Veo.

Luz.

Siento.

Calor.

Huelo.

Un aroma ácido, penetrante. ¿feo?

Escucho.

Voces que repiten un nombre. Rosa.

Veo. 

Personas vestidas de azul.

Siento.

Dolor en el cuerpo.

Huelo.

Mi propio sudor.

Escucho.

Voces que repiten un nombre. Rosa.

Y me miran. Y repiten: Rosa.

¿Seré yo?

¿Quién soy?

Puedo abrir más los ojos.

Estoy en una habitación blanca. Rodeada de aparatos que se mueven siguiendo un ritmo constante. Tienen luces y cables. Y tubos. Que se conectan a mí. 

¿En dónde estoy?

Siento un dolor punzante en la cabeza. Cierro los ojos y las máquinas que me rodean empiezan a pitar con más intensidad. 

Palabras confusas suenan a mi alrededor. Con fuerza y determinación. Alguien se acerca. Empiezo a parpadear seguido. Los ojos pesan mucho: no puedo mantenerlos abiertos. El dolor va disminuyendo y…

–Rosa, ¿me escuchas?

Una voz.

Ya he vivido esto. Repetidas veces, creo. Esta habitación: blanca. Estas personas: desconocidos que me miran con cara de expectación. Esos sonidos: rítmicos, como si siguieran a tempo y contra tempo los latidos de mi corazón.

Algo distinto, esta vez. No me duele la cabeza. Cada vez anterior, después de unos momentos de encontrarme con todo ese universo de sensaciones ya familiares, un dolor agudo en la cabeza me arrastraba nuevamente, en cuestión de segundos, a las profundidades de un sueño sin sueños. 

Esta vez, no. 

De a poco, comienzo a sentir dolor en el cuerpo, que está entumecido. Por eso siento este dolor estanco, como si las fibras de mis tejidos más internos tuvieran que despertarse. Siento la espalda como si estuviera atada fuertemente a una tabla dura y fría. Pero la tabla es mi propia espalda. 

Una presión suave pero decidida aprieta mi antebrazo derecho. De nuevo. Abro los ojos y delante de mí, una persona vestida de blanco. 

–Rosa, si entiendes lo que te digo, parpadea dos veces –dice la mujer de blanco.

Rosa.

¿Me habla a mí?  

Le digo que no sé quién es Rosa, y que me gustaría que alguien me explicase quién soy, y que hago allí. ¿Se lo digo, o pienso que se lo digo? No escucho mi voz, y mis labios no parecen moverse. 

Otra persona vestida de blanco se acerca, y entre ellas hablan. Logro escuchar la conversación:

–No puedes llamarla por su nombre cuando aún no hemos establecido fehacientemente el estado de su memoria. Ha sufrido un trauma agudo y, como hemos visto en sus estudios, es posible que atraviese un periodo de amnesia postraumática. En estos casos, es mejor comenzar con una pregunta más general, para ubicar a la paciente en el aquí y el ahora, sin necesidad de complicar su ya compleja existencia con información que sólo puede traer preguntas angustiosas a la situación delicada en la que se encuentra. Por ejemplo…

La persona que acaba de hablar se acerca a mí. Es una mujer mayor, de unos setenta años. Cara llena de surcos y expresión serena, me mira directamente a los ojos y me dice:

–Hola, soy la doctora Hong, del Centro de recuperación de traumatismos graves de la Base XIII – Cuadrante V.I. Si puedes escucharme y entender mis palabras, te pido que por favor parpadees dos veces seguidas. 

Parpadeo. Dos veces.

–Perfecto. Ahora necesito que me respondas a un par de preguntas sencillas. Si crees que puedes hacerlo, necesito que parpadees dos veces.

 Parpadeo. Una. Dos. 

La doctora mira atrás y la otra persona vestida de blanco se acerca. Detrás, veo ropajes azules inmóviles, que se mantienen atentos a lo que está sucediendo. 

–Ella es la doctora Garahov, colega del centro y a cargo de tu recuperación. Si has entendido lo que acabo de decir, por favor parpadea dos veces.

Parpadeo. Dos. Veces. 

–Bien. Ahora comienzo con las preguntas. Necesitaré que reflexiones un poco antes de contestar. Tómate el tiempo que necesites. Como hemos hecho antes, si la respuesta a mi pregunta es afirmativa, te pediré que parpadees dos veces si, en cambio, es negativa, entonces necesitaré que parpadees una sola vez. ¿Está clara la consigna?

Parpadeo. Dos veces. 

–La primera pregunta es la siguiente, ¿sabes cómo te llamas? 

Pienso. Ningún nombre me viene a la mente. Siento como si una niebla oscura y densa cubriera mi cabeza, y no soy capaz de recordar mi nombre.

Parpadeo una vez.

¿Qué me está sucediendo? ¿Por qué no soy capaz de recordar mi nombre? ¿Qué hago ahí? ¿Quiénes son estas personas? ¿Por qué no puedo abrir mi boca para hablar? Intento gritar con todas mis fuerzas, y logro generar un sonido gutural, ronco y casi mudo en la base de mi garganta. Mi respiración se hace cada vez más rápida. Estoy sudando. Cierro los ojos, vuelvo a gritar y, nuevamente, solo consigo conectar con un sonido apagado, brutal, que me raspa la garganta y me genera dolor. Las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas. 

La doctora mayor se acerca y me habla. Al mismo tiempo, se dirige a una de las personas vestidas de azul y le indica algo. La persona viene hacia mí, y veo que agrega un líquido a un… ¡no sé cómo se llama! 

–Cálmate; ponerte nerviosa no va a ayudar en nada. Sé que la situación es muy difícil y que tendrás muchas preguntas, pero ahora mismo es importante que, en la medida de lo posible, estés tranquila. Si no tendré que dormirte de nuevo, e imagino que no es lo que quieres, ¿correcto?

Las lágrimas no me dejan de caer de los ojos, pero logro parpadear dos veces. No. No quiero volver a dormirme.

–Bien. Veo que me entiendes bien. El enfermero Phillips acaba de ponerte de forma intravenosa un calmante suave, para que puedas escucharme de forma relajada, pero sin dormirte. 

–Te voy a contar una historia. Por momentos lo que te estaré contando sonará a ciencia ficción y seguramente lo sea, visto desde tus ojos. Solo te pido escucha y paciencia. A medida que te vaya contando la historia, chequearé contigo para asegurarme que me sigues. ¿Te parece bien?

Parpadeo dos veces. 

–Tu nombre es Rosa. Rosa Aguilar. Naciste en el año 2033 en Santiago de Chile. Según los datos que aparecen en tus archivos médicos, ahora mismo tienes veinte años. ¿Me sigues?

Parpadeo dos veces.

Bien. En el año 2053, con solo veinte años, tuviste un derrame cerebral agudo. En aquel entonces, los médicos pudieron mantenerte con vida, incluso evitar la muerte cerebral, pero no pudieron reparar los daños causados por el derrame a nivel de las neuronas, lo que causó un síndrome muy raro llamado “de enclaustramiento”. 

Cierro los ojos; siento como si la cabeza me diera vueltas; noto, por primera vez, que respiro gracias a uno de los tubos que viene hacia mi cama y sube a mi garganta. Mis pulmones se inflan de forma automática y rápida. Y se vacían de igual forma. 

No sé cuánto tiempo pasa; cuando abro los ojos, la doctora me está mirando fijamente. 

–Rosa, entiendo que esto es mucha información para procesar, pero necesito que me prestes atención un poco más, porque aún quedan cosas que tienes que saber. Y no podemos esperar. ¿Sí?

Parpadeo dos veces.

–El Síndrome de enclaustramiento es una enfermedad neurológica caracterizada por la presencia de una apertura ocular sostenida, cuadriplejía, anartria, funciones cognitivas conservadas y un código primario de comunicación que usa los movimientos oculares verticales o el parpadeo.

No parpadeo. 

–Dicho en plata, es un síndrome que deja al paciente completamente inmóvil, con la sola posibilidad de movilidad en sus ojos, y con plena conciencia. Hay otras versiones del síndrome, pero esta es la que creemos que tú tienes, Rosa, puesto que te hemos hecho pruebas y no consigues mover ninguna otra parte del cuerpo. En tu caso, además, se nota una pérdida de memoria total, lo cual no suele acompañar a este síndrome, pero que en tu caso lo estamos comprobando, puesto que no recuerdas nada de tu pasado, ¿correcto?

Parpadeo dos veces.

–Eso es lo que creíamos. La actividad neuronal que hemos estado recogiendo en las semanas que hemos intentado reanimarte muestra un patrón que normalmente se relaciona con la pérdida de memoria. Ahora bien. Como te he dicho, has estado en coma inducido durante un tiempo. El tema es, Rosa, que el tiempo en el que has estado en coma va a sorprendente bastante, me temo, por lo que necesito que, más allá de lo que yo te diga, te mantengas calmada y consciente de que la situación es la que es, y que tenemos que avanzar en este proceso desde aquí. ¿Estás de acuerdo?

Si hubiera podido respirar por mis propios medios, hubiera hecho un par de respiraciones profundas antes de responder; pero como no soy dueña de mis movimientos más allá de mis ojos,

parpadeo dos veces.

–Bien. En el año 2053, ante la falta de una cura para este síndrome y una esperanza de vida extremadamente limitada, tus padres, la señora Anne Smith y el señor Pedro Aguilar, decidieron criogenizar tu cuerpo, con la ilusión de que se encontrase una cura en el futuro, y pudieses volver a vivir una vida…bueno, al menos más plena, a nivel físico. 

¿En qué año estamos? ¿Quiénes eran mis padres? ¿Tengo hermanos? ¿Hermanas? ¿Algún familiar? ¿Dónde estoy? Vuelvo a cerrar los ojos.

–Doctora Hong, la necesitan en la habitación del paciente Perrot. Se está despertando del coma y creen que estará completamente despierto en cinco minutos –se escucha una voz lejana. 

–Gracias Singh; diga a la doctora Peterson que estaré ahí en cinco minutos –dice Hong, que ahora está de espaldas a mi lecho. 

La voz se marcha; la doctora vuelve a mirarme. 

–Perdona Rosa, pero tendré que marcharme pronto. Como te decía. Tus padres tomaron esa decisión por tu bien, apostando a que pudieses un día despertar curada, o con una cura al alcance de la mano. Pero lo que tus padres no se imaginaron, es que el mundo entraría en una crisis económica y social de escala nunca imaginada, que llevaría a conflictos armados que desembocarían en la Tercera Guerra Mundial, y que acabaría con el planeta que una vez llamamos hogar. 

Veo que la doctora hace una pausa. Respira profundamente y dice:

–Estamos en el año 2122, en el Centro de recuperación de traumatismos graves de la Base XIII – Cuadrante V.I, en la órbita de Plutón…un planeta a 5,5 mil millones de kilómetros de la Tierra, que ahora mismo se encuentra deshabitada a causa de las armas nucleares que se usaron durante la última etapa de la guerra…ya tendrás tiempo de ponerte al día con la historia de la humanidad –dice y noto un aire de profundo sarcasmo.

–En todo caso –continúa— nuestro centro de recuperación se encarga, entre otras cosas, de despertar a los miles y miles de personas que una vez fueron criogenizadas con la esperanza de otorgarles una segunda chance en la vida. Pero la historia ha salido mal, y esta segunda chance está lejos de ser la que tus padres hubieran querido para ti, créeme, Rosa. No sólo no tenemos cura para tu enfermedad, sino que no tenemos tiempo ni dinero para buscar un alivio, menos aún, una solución. 

Otra pausa. Veo que la doctora hace un esfuerzo para recomponerse. Sin conocerla sé que está agotada. Dice: 

–Como directora de este centro de cuidados extraordinarios a personas que viven en un limbo legal a causa de su estatus como seres reanimados, te doy la bienvenida a tu imperfecta segunda chance, Rosa. Nos volveremos a ver pronto; mientras tanto: descansa. 

La doctora Hong suspira de forma profunda y con el ceño fruncido desaparece de mi vista, seguida de la doctora Garahov. A mi lecho se acerca una mujer de azul. 

–Rosa, ¿te apetece que apague las luces para que descanses?

De repente, en cuestión de segundos, escucho reír y llorar al mismo tiempo. 

¿Quién será?

                       Siento húmeda la cara y rasposa la garganta. 

La mujer de azul se aleja un momento y, cuando se acerca nuevamente, me limpia la cara, al tiempo que agrega un líquido transparente en uno de los tubos que me rodean y me dice, con voz dulce y automatizada, que todo irá bien.

*Propuesta de escritura para el taller de Escritura Creativa de Fuentetaja. Ejercicio: escribir una historia de Ciencia Ficción

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