High ‘n Dry

“Tras la muerte, queda vida. Sucia, oscura, olorosa. De madrugadas infames y noches narcotizadas. De domingos de misa mañanera –con sus perdones y sus promesas inválidas— y de tardes con gusto a cerveza.”

Así pensó Cathal, con menos poesía y más sencillez, mientras observaba a la distancia el sol esconderse en el secarral que formaba parte de su nostálgico paisaje.

Me he tomado la licencia de expresar sus pensamientos a mi manera. Al fin de cuentas, no todo tiene que escribirse tal cual se dice. Pero si tenéis curiosidad, aquí os paso de forma literal lo que en verdad pensó.[1]

Joven guapo: fuerte, alto, con ojos profundos y nariz aguileña. Listo; con la sencillez de un hombre de campo, y con la madurez precoz de quien tiene que vivir en carne propia realidades que debieran de ser ajenas a ciertas tiernas edades. 

Astuto. 

Voluntarioso.

Soñador…

Y para el infortunio de su alma, pragmático.

¿Cuántas veces el pragmatismo, el accionar en pos de lo que la realidad nos “demanda” nos corta las alas de un tijeretazo feroz, y caemos de bruces al suelo, sangrando a borbotones, con la mandíbula dolorida y maldiciendo el bendito día en el que nos dejamos engañar por los castillos construidos en las nubes? Si eso nos pasa a nosotros, ¿por qué no le pudo pasar también a Cathal? Al fin de cuentas, estaba casi escrito en su sangre; en la manera que fluía, en la intensidad con la que golpeaba las paredes de las venas para salir despedida, a base de golpes de realidad, fuera de su cuerpo.  

Una vez creyó que el amor era la respuesta a todos sus males. Que queriendo-siendo querido dejaría de sufrir esa existencia dura, de jornadas marcadas por dolores de espalda y manos agrietadas de tanto hurgar en la tierra reseca. Pensó que, con el amor de una mujer, el campo sería la antesala a un lecho compartido, lleno de calor y placeres que no tenían cabida mientras el sol daba luz al día. Quería dejarse llevar por el sueño reparador del amor. 

Porque quiso a Niamh con locura. Su melena rubia larguísima y lacia como un mar sereno en un atardecer de otoño; sus ojos celestes casi transparentes, y su boca pequeña, como una fresa recién cosechada, jugosa y llena de sabor. Caderas anchas, pechos desbordantes y un perfume corporal que hacía olvidar hasta los días más fríos de esa tierra olvidada por la buena fortuna. 

Hubo besos furtivos, sonrisas y promesas de amor que solo hubiera podido cumplir quien fuese al menos dueño de algunas parcelas de tierra. Pero Cathal era pobre, su familia arrendaba las tierras en las que trabajaban y su vida giraba como una rueda donde el absoluto presente era casi en exclusiva con lo que se podía contar. 

No pudo desposar a Niamh.

Su corazón se rompió, como se han roto tantos corazones a lo largo de la historia del ser humano. Como tantas veces, cada uno de nosotros, sufrimos por quien no nos entrega su amor; por alguien que se marcha sin mirar atrás; por aquella persona por la que estábamos dispuestos a darlo todo, aunque ese todo no hubiera sido suficiente para retenerla a nuestro lado. 

Aprendemos a la distancia.

La historiografía siempre me ha parecido una ruleta rusa, que a cada golpe de gatillo escribe un destino diferente. Sin embargo, es a través de la interpretación de lo que ya sucedió que los restos mortales de aquello que una vez fuimos pueden descansar en paz. 

Descansa en paz, corazón roto. Y renace en las posibilidades de lo que aún no es.

Cathal, siendo un hombre creyente, llevaba la religión como un parche que se cose donde otros puedan verlo, para ser reconocido como parte de la manada. No era del tipo “espiritual” ni tampoco particularmente reflexivo, por lo que su corazón explotó en miles de pedazos que nunca recogió. Simplemente los dejó ahí, esparcidos, para que un viento fuerte los soplase bien lejos. Y él dejara de sentir. 

No quiero ser esnob, pero igual lo esté siendo, al no permitir que mi personaje hable a su propia manera, con su voz grave, sus palabras simples y su deseo árido como el secarral que alguna vez prometió abandonar. Y que finalmente dejo atrás.

Con veinte años, y sin corazón con el que cargar a cuestas, Cathal dejó aquel pueblo que solo olía a Niamh. Y se marchó, con las pocas cosas que poseía, casi sin decir adiós. Caminó muchas, muchas millas. El hambre acusaba factura, pero a fuerza de ser un joven fuerte, ese viaje que había comenzado en las puertas del infierno lo llevaron a su imperfecta salvación.

Se asentó en un pueblo lo suficientemente alejado para que el olor de su amada no lo alcanzase ni en sueños. Los comienzos fueron duros, pero la dureza ya marcaba surcos en su cara, que se llenaría de finos caminos atravesados por vastas horas de soledad, seguidas por muchas otras de alcohol.

En esas tierras adoptadas, encontró trabajo en una finca que necesitaba manos duras y dispuestas. Su dueña, la reciente viuda de O´Haley, no conocía los quehaceres de esas tierras que también le venían prestadas, siendo natural de parajes lejanos. Joven y de gran fortaleza, se propuso hacer de sus posesiones heredadas un lugar de prosperidad y bonanza, si no para todas las gentes, al menos para ella. 

Y así Cathal trabajó para la viuda: de peón, limpiando establos, sembrando y cosechando, cortando leña, alimentando al ganado. Desempeñaba bien toda labor que tuviese enfrente, porque nada le impedía dejarse la vida en lo que hacía. Sin corazón que abrir ni brindar, su cuerpo solo encontraba calor en el esfuerzo físico agotador, y descanso en una cama grande y vacía, gracias al pesado sueño que las pintas de cerveza negra amablemente le concedían.

Y su vida siguió siendo circular, incluso después de haber abandonado el lugar que lo vio nacer. Su carácter frío y ordenado lo convirtieron en el hombre de confianza de la viuda, quien en pocos años dependió de Cathal para que su finca trabajase como los engranajes de un reloj suizo. 

Ni a la viuda ni a Cathal se le conocieron amores. Decían por el pueblo y entre los trabajadores de la finca que si no fuese porque era imposible si quiera pensar que esos dos pudiesen querer, hubiesen hecho una buena pareja.

Si yo fuese de dar opiniones, diría que la una quería a su capataz, y que el otro admiraba a su jefa. Con los años se recuerda la naturaleza plástica del amor, con sus formas variadas y muchas veces de difícil interpretación, tanto que las gentes sencillas de aquel pueblo no pudieron entender que de esa forma también se amaba. 

La finca prosperó, la viuda se convirtió en la mujer más influyente de la comarca y Cathal, en un sabio de la tierra, que sin habérselo planteado serviría de modelo para muchos jóvenes que, como él, querían renacer de las cenizas de la pobreza para convertirse en hombres fuertes y exitosos. 

Pero Cathal nunca saboreó el éxito como tal; para él era todo trabajo, todo grito de su alma necesitada del pasar constante de las horas para que su sangre fluyera de forma rápida. No buscaba reconocimiento ni fortuna: solo que la sangre no dejara de circular. Así se mantuvo, viviendo en su casa humilde, vistiendo de forma austera y siempre trabajando al menos doce horas al día. Hubo una época, cuando aún eran jóvenes, que la viuda intentó hacer de él un hombre más vividor, pero sus esfuerzos solo encontraron la amenaza de la partida de su entonces nuevo capataz, por lo que nunca más insistió la joven heredera por tal camino. 

Ella maduró bella, poderosa y respetada y Cathal, a su lado, como su mano derecha, su confidente en las sombras y su único verdadero amigo. Él nunca hubiera reconocido nada de esto si le hubiesen preguntado, pero nadie se atrevía a intentar sacar tales confesiones de aquel hombre distante y un tanto arisco. 

Incluso así, o quizás gracias a su personalidad ártica, Cathal era el terrateniente más respetado de todas las tierras que se podían ver a los alrededores. Sin ser dueño, había amasado un respeto igual al de cualquier propietario, y gracias a la confianza que la viuda depositaba en esos hombros anchos e impermeables a las penas, era la persona a quien todos los hombres de negocios acudían cuando querían comenzar una nueva empresa por esas regiones. Porque toda su distancia y frialdad venían acompañadas, cuan balance de luces y sombras, de un fuerte sentido de la lealtad y de una virtud para hacer del trabajo una fuente casi inagotable de prosperidad económica. 

Los años transcurrieron sin que la rueda se detuviese, a paso firme y constante, llenando los días de trabajo y las noches de sueño pesado. Hubo un día que Cathal recibió noticias de su tierra natal: su hermano, Sean, habían perecido en un incendio junto con su esposa e hijos, dejando por testigo una casa hecha cenizas. Cathal marchó a su pueblo, sintiendo sin reconocerlo que esta era la oportunidad perfecta para terminar de cerrar un capítulo que, treinta años después, seguía amenazando con quitarle el sueño por las noches.

En aquel lugar maldito, seco y detenido en el tiempo tras una nebulosa de recuerdos que se agolpaban en sus sienes, Cathal volvió a ver Niamh, envejecida más allá de sus años, con una corta trenza delgada y plateada por las penurias y el hambre. Casada con un hombre jugador y compulsivo, Niamh no conoció las riquezas que sirvieron de excusa para alejarlo de Cathal si no las tristezas que un corazón avaro de posesiones no alcanza a superar cuando se encuentra con una realidad apilada de cosas, de objetos y de bienes, pero vacía de alma. 

Niamh acudió al entierro, una tarde fría del invierno eterno que cubría a esa tierra olvidada. De estricto negro, escuchó atenta al párroco rezar las últimas oraciones para el descanso de aquellas víctimas de una tragedia muda, de la que solo quedaba el rastro de árboles carbonizados y un pedazo de tierra ennegrecida. Cathal, con los ojos cargados del cansancio de incontables noches en vela, esperó sin admitirlo el acercamiento de su antigua amante. Pero ella nunca se arrimó. Al finalizar el sepelio, Niamh se marchó con el resto de los pobladores, a ritmo de pasos marcados por la imperiosa necesidad de desaparecer entre la multitud. Cathal, que solo era capaz de ver en ese gentío a la única mujer que alguna vez amó, derramó su primera y última lágrima en treinta años, y se marchó de aquel lugar para nunca más volver. 

Margaret, are you grieving

Over Goldengrove unleaving?

Leaves like the things of man, you

With your fresh thoughts care for, can you?

Ah! as the heart grows older

It will come to such sights colder

By and by, nor spare a sigh

Though worlds of wanwood leafmeal lie;

And yet you will weep and know why.

Now no matter, child, the name:

Sorrow’s springs are the same.

Nor mouth had, no nor mind, expressed

What heart heard of, ghost guessed:

It is the blight man was born for,

It is Margaret you mourn for.[2]


[1] “Fuck this life: this is bloody hell on earth and we´re all going six feet under in this God forsaken land”.

[2] Gerard Manley Hopkins“Spring and Fall”. ¿Por qué te apenas, Margaret, al ver la Alameda Dorada deshojarse? ¿Cómo puede tu pensamiento en flor preocuparse por hojas como si fuesen un asunto humano?¡Ah! Cuando envejece el corazón, asiste indiferente a esos otoños, y no malgasta en ellos ni un suspiro cuando el mundo se mustia y luego cae hecho muertos pedazos. Algún día, no obstante, llorarás por cosas que sabrás perfectamente. Pero ahora, muchacha, da lo mismo el nombre que les des, pues sólo hay una fuente de dolor. Los labios y la mente nunca pueden expresar lo que ha oído el corazón, decir lo que el espíritu adivina. Pues para esta tristeza nació el hombre, y sin saberlo, Margaret, por eso tú también te entristeces.

Ejercicio de escritura a partir de una foto (IRELAND de Josef Koudelka)

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