–ALICIA–

  • Morena, alta 
  • Pelo largo y liso
  • Piel blanca
  • Profundos ojos negros: Nostálgicos 
  • Sonrisa tímida
  • Dientes un poco torcidos
  • Demasiado delgada
  • Voz aguda, un poco aniñada
  • Soñadora compulsiva, pero fiel habitante de una realidad que se desarrolla entre las tonalidades de los grises
  • Ávida lectora de todo lo que se cruce delante de sus ojos, movida por una curiosidad innata hacia la palabra escrita

Hace unos meses había abierto un negocio de comidas caseras y preparadas en su barrio, por lo que Alicia, que francamente no le encontraba el gusto a la cocina, había caído en el hábito de pasarse por la tienda a comprar comidas hechas. Doña Maruja, la dueña y cocinera de la tienda, preparaba con amor y cuidado los platos, y se había ganado el corazón –y el estómago— de los vecinos que, por falta de tiempo o simple pereza, preferían alimentar la economía de esta oriunda de Vigo antes que ponerse el delantal real o imaginario para hundir las manos en la preparación de su propia comida.

Alicia vivía sola y trabajaba largas horas, por lo que había encontrado en Doña Maruja a la salvadora de su hasta entonces precaria alimentación. Noodles, queso manchego y jamón York, patatas de bolsa y, si estaba inspirada, revuelto de sobras: a eso se limitaba su alimentación hasta que el negocio de comida preparada llegó a cuadras de su casa, para hacer de la cena uno de los momentos favoritos de su día. 

La imagen se repite: Ella sube las escaleras del metro con la espalda encorvada, cansada del trajín del día, de lidiar con clientes quisquillosos y mantener el temple. Guarda en su bolso la última novela que compró en la sucursal de Casa del Libro que queda a pasos de la tienda en donde trabaja. Se dirige hacia lo de Doña Maruja y con alegre expectativa, sueña con el plato que esa noche traerá calor a su cuerpo. La dueña de la tienda saluda de forma alegre y ruidosa: da igual a cuántas personas esté atendiendo, Doña Maruja cuida de sus clientes más fieles, tratándolos con una cuota extra de cariño. Alicia se acerca al mostrador, y mientras el cliente anterior está terminando de hacer su pedido, estudia los platos que hoy preparó la cocinera. Alicia es amante de las frituras. Nadie sabe cómo hace para ser tan delgada, pero su cuerpo no atestigua superficialmente la mala alimentación a la que está acostumbrada. Sin embargo, Doña Maruja intenta que la joven coma mejor, y a base de platos combinados, consigue agregar algo de verduras frescas o hervidas, quizás algún pescado y, si la propuesta es lo suficientemente convincente, en esa cena no comerá patatas, en ninguna de sus versiones posibles. Porque la patata, parece, es la mejor amiga de Alicia. 

Una noche, regresa muy tarde a casa. 

La llegada de nueva mercadería justo antes del cierre de la tienda lleva a que su jefe proponga una hora extra de trabajo para esa jornada, que se compensará con una paga también extra y la invitación a unas cañas. Alicia, indiferente a la caña –ese hábito tan local y alejado a sus preferencias— había terminado la última novela policial que estaba leyendo y las librerías estaban cerradas, por lo que no le importa ocupar su tiempo libre trabajando. La tarea resulta más tediosa de lo que todo el equipo se esperaba, la hora extra se convierte en horas, y la caña tiene que ser pospuesta a la tarde siguiente. Alicia coge el último metro y, hambrienta, sube las escaleras de su estación tratando de acordarse si tiene en la nevera alguna sobra. En vano. Recuerda que Doña Maruja le había sugerido la noche anterior llevarse un pescado al horno con patatas al limón que había estado, desafortunadamente para su necesidad actual, tan delicioso que no había dejado ni rastro de la salsa. 

Las tiendas del barrio están cerradas, incluso la tienda de la esquina que suele cerrar pasada la media noche.  

–Una noche sin cena y sin lectura –piensa, mientras bosteza de forma sonora. –Estoy tan cansada que iré directamente a la cama: mañana será otro día. 

Alicia camina por la acera de la tienda de Doña Maruja. No sabe si es costumbre o instinto de supervivencia, y por más que tiene claro que ya es muy tarde para que la cocinera no haya echado el cierre por el día, una gota de esperanza irracional le recorre el cuerpo, que sueña anticipadamente con la sorpresa que está a punto de recibir. Cuando llega a pasos de la tienda, se sorprende al ver que las cortinas metálicas no están bajadas, y que aún hay luz dentro del local. Alicia es tímida por naturaleza, pero el hambre que la posee no entiende de costumbres sociales limitantes y, sin reflexionarlo, entra. No hay nadie. Por un momento duda de lo que ve: la luz es tenue, de un color morado y no sabe si es el hambre o el cansancio, pero jura que la tienda huele a incienso de iglesia.

–¡Alicia!

Escucha su nombre a viva voz. Se queda congelada, sin saber qué hacer.

–¡Alicia!

–¿Quién me llama? –se pregunta y empieza a sentir como sube por su espalda una sensación de frío.

–¡Alicia, niña, ven que estoy detrás del mostrador! La puerta detrás del mostrador.

–Es la voz de Doña Maruja —reconoce. ¿Pero cómo sabe que estoy aquí? No la vi al entrar… ¿me habrá visto caminando por la acera y yo no me percaté?

–¿Doña Maruja? —pregunta con las fuerzas que le quedan, antes de desfallecer por la combinación del hambre que ya no la deja pensar y el olor a comida recién horneada que sale de la parte de atrás de la tienda, cada vez más intenso.

–Ven, Alicia.

Duda unos instantes, pero antes de darse cuenta, sus piernas la están llevando hacia la parte trasera de la tienda, detrás del mostrador en el que habitualmente se dispone la comida que se lleva a casa, pasando a través de la puerta entreabierta de la cual proviene la voz de Doña Maruja y el aroma a comida casera.

–Buenas noches, Alicia, te estaba esperando –dice Doña Maruja, sentada en una mesa arreglada para una ocasión especial, con velas encendidas sobre unos candelabros de plata, unos platos haciendo juego y bandejas de comida humeantes. 

–¿Me estaba esperando, Doña Maruja? –repite incrédula Alicia. Pero cómo…

–Siéntate, niña. Acompáñame en esta cena. ¿Quieres un poco de vino? Tengo un albariño de mi pueblo que solo lo abro en ocasiones especiales… –Doña Maruja no termina la frase mientras sirve con vino las dos copas que están en la mesa. 

Alicia se sienta automáticamente. No puede pensar. No entiende qué está pasando, pero está muy cansada y hambrienta para hacerse esas preguntas. Además, no tiene miedo. La escena es surreal, como sacada de una de esas novelas fantásticas que tanto le gusta leer. 

–Salud –dice Doña Maruja, y levanta su copa de vino.

–Salud –repite Alicia.

–¿Por qué quieres brindar? –pregunta Doña Maruja.

Alicia no responde. No sabe qué decir.

Ambas beben en silencio. Dejan las copas en la mesa, frente a los platos individuales aún vacíos, y Alicia mira con profundo deseo la comida que la rodea. Doña Maruja se pone de pie y con movimientos cuidados y casi musicales, sirve comida en el plato de la joven: patatas rellenas, pavo rostizado finamente cortado con salsa de frambuesa, cebollas caramelizadas, y coles de Bruselas en su punto, acompañados con un poco de ajo salteado cortado en láminas y perejil fresco. Alicia observa entre maravillada, incrédula y profundamente agradecida. Y se percata de la habitación por primera vez. Es muy distinta a la parte delantera del local. En esa habitación nada atestigua que Doña Maruja sea cocinera en una tienda de comidas caseras. El lugar esta decorado como si se tratase del salón de una casa, sobrio y elegante, de colores más bien profundos, con estantes llenos de libros y dos butacas de felpa color vino a los costados, con lámparas de pie antiguas que acompañan a sendas butacas. En un costado, Alicia logra ver una mesa llena de frascos, hierbas, libros apilados, cuadernos; frente a una ventana abierta: un telescopio. Si Alicia no creyera que las brujas no existen juraría que en ese momento tiene la sensación de estar en el salón de una auténtica meiga.

La voz de Doña Maruja la saca del trance. 

–Los platos están servidos. Comamos, niña.

Doña Maruja se sienta frente a su plato, coge el tenedor y come. Alicia hace lo mismo con su plato, y su tenedor. El silencio sigue reinando el ahora salón escondido de la cocinera. Pasan unos minutos, cinco o veinte, no sabría decirlo porque Alicia ha perdido el sentido del tiempo. La comida es tan rica, se siente tan a gusto, esta tan…feliz, que por esos largos minutos se olvida de sus penas, se siente más liviana. Se asoma, incluso, una franca sonrisa en su cara. 

–Alicia, que guapa eres cuando sonríes. La alegría te sienta mucho mejor que la tristeza. Como a todos, claro, pero la tristeza ha calado tan hondo en tu expresión que no sabía lo bella que podías ser con solo un atisbo de contento –afirma Doña Maruja. 

Alicia levanta la mirada y se encuentra con los ojos directos de la cocinera. Deja los cubiertos en el plato. Se observan. 

Y Doña Maruja habla:

“Alicia, niña. Es hora de abandonar el tormento. Muchos años has cargado con la amarga sensación de lo que podrías haber hecho de haber estado allí. Pero ese pensamiento es tan ficcional como las novelas que amas leer. No se puede cambiar el pasado. Incluso si pudiese regalarte un viaje hacia lo que ya fue, no te lo recomendaría. El pasado, el presente y el futuro existen ahora mismo, y se influencian los unos con los otros, pero ¿quiénes somos nosotros para manipularlos?”

(Alicia mira a Doña Maruja. No parpadea. ¿Cómo lo sabe? Nadie aquí conoce esa historia; se aseguró de enterrarla en las profundidades de sus recuerdos. Solo su familia sabe de aquel hecho, y los vecinos del pueblo en el que entonces vivía. Habían pasado quince años y nunca había vuelto a traer ese recuerdo a la superficie, ni había vuelto a su pueblo, ni había hablado con su familia ¿Cómo sabía Doña Maruja el secreto que ella guardaba?)

Doña Maruja, sigue:

“Alicia.

Nadie ha descubierto tu secreto. Solo quienes lo vivieron lo conocen, pero yo no soy una de esas personas.

Pero lo sé, porque puedo verlo en ti.

Y para quien sabe leer los signos más sutiles, en tu cuerpo entero está escrito el mensaje de la culpa, de lo que hubiera sido, de la autoflagelación.

Pero ¿sabes, niña? Es hora de borrar eso que con empeño has querido tatuar en tus moléculas. 

Al final, no tiene sentido preguntarse si fuiste o no culpable. 

No estabas allí cuando sucedió.

La mano no fue tuya.

Ni el disparo tampoco.

La decisión de no abandonarlo cuando todos los signos parecían claros de que esa era la peor elección no fue ni nunca hubiera podido ser tuya. Fue de tu madre. Ella eligió quedarse. 

Y las razones detrás de esa decisión pueden ser tan complejas como alejadas a nuestra manera de ver el mundo. 

Tú no eres ella. 

Alicia, come, niña. Y brindemos por Yolanda, donde quiera que nos esté mirando. 

Entiendo que es tu plato favorito, la patata rellena, ¿no? Y que ella te lo preparaba con frecuencia. Si prometes esforzarte en ir aligerando esa culpa que te curva la espalda, yo prometo que encontrarás en mi tienda unos ojos comprensivos y, al menos una vez por semana, esta receta que tu madre te hacía con tanto cariño. La llamaremos, patatas de Yolanda. ¿Qué piensas?”

Doña Maruja sirve más albariño. 

Alicia levanta el tenedor, corta un pedazo de patata rellena y la paladea lentamente; siente el calor del queso fundido, cremoso y un poco picante, y el sabor dulce del jamón de York, cortado en finos tacos que agregan una textura crocante al bocado. Alicia sonríe y llora al mismo tiempo. 

Quizás sea porque, en lo profundo de su ser, donde había creído escondida su tristeza para siempre, también se encontraba a la espera las ganas de una nueva oportunidad, para dejar el pasado en el pasado y lo que “podría haber sido” en el baúl imaginario de los pensamientos que ya no son útiles. 

—Patatas de Yolanda es un buen nombre.

Relato escrito en enero de 2021 como parte del taller de escritura creativa de Fuentetaja; publicado en redes sociales el 12 de abril de 2021

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