des-agradar

Un deseo de la aniquilación de un objeto que es incurable por el tiempo –Aristóteles

Conciencia de algo que está mal, combinada con el deseo de retirarse de él –Descartes

Un sentimiento irreductible que no es definible en absoluto –Hume

Un estado del yo que desea destruir la fuente de su infelicidad. Un mecanismo inconsciente que nos permite protegernos de posibles amenazas –Freud

Un tipo de dolor que se debe a una causa externa –Spinoza

Nunca había entendido las relaciones con toda la fuerza arrolladora que Ella había traído a la nuestra. 

Sí. Soy un ser, dirán, menos pasional. Atemperado, quizás, pero hay cosas y circunstancias que, creo, me podrían llegar a mover hasta los mismos cimientos en los que he construido mi manera de ver y vivir el mundo. No me ha sucedido aún. 

Suenan sus palabras en mi cabeza como un mantra, como unos acordes estudiados que se repiten de forma incesante, y que apelan a mi ser más interno, a aquello que no veo cuando rasco un poquito mi superficie.

Pero Ella lo vio. Vio mis carencias, mis defectos, mi obsesión…

Y le generaron un tal rechazo…

No sé si la culpo; 

Alguna vez dijo amarme: ¿Confusión? ¿Desconocimiento? ¿Falta de amor propio?

No voy a tildar sus contradicciones ni ponerles etiquetas. Pero igual necesite defenderme. Ante la amenaza de convertirme en un ser ruin ante tus ojos. No creo serlo pero, ¿puedo ser objetivo con mis propias flaquezas?

—¡No quiero volverte a ver nunca más! 

—¡Eres un mentiroso!

—¡Un ser egoísta!

—¡Despreciable!

—Tú no sabes lo que es el amor: ¡Te odio, te odio, te odio!

Puede que en eso tuviese razón: no creo saber lo que es el amor. 

Odiar: tener odio.

Odio: del latín “odium”. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea.

Nos conocimos en una exhibición temporal de arte. En una galería pequeña del SoHo, de esas que abundan por las callejuelas de aquel barrio que exuda moda y superficialidad.

No solía pasearme por allí; las épocas en las que el SoHo vibraba con una energía creadora habían quedado en la historia bastante pasada, y por aquel entonces me creía merecedor de solo estar en compañía de personas que tuvieran algo interesante que decir. En Nueva York, expresarse de manera interesante puede traer formas y visiones diversas: desde usar una ensaladera cuan sombrero hasta pasearse por las calles con un papagayo en el hombro. Pero mi amigo más cercano de la universidad exponía una serie de litografías más bien aburridas pero que tenían el poder interno de ser comerciales, y una galería de aquel barrio eternamente de moda había aceptado darles un rincón en sus ocupadas paredes. Y ese posible dinero, a mi amigo endeudado hasta las trancas, le iba a venir muy bien. 

Fui a la inauguración de la muestra. Prometían servir vino y unos canapés a los invitados, y el ágape era algo que no iba a rechazar. Recuerdo que hacía frío, era uno de esos días de febrero en los que salir a las calles es en sí una hazaña, pero abrigado a más no poder, cogí el metro que me llevó hasta la estación de Houston, y caminé bajo el viento helado hasta la galería de la calle Church. 

El espacio pretendía modernidad en todos sus rincones, y al ver las personas que se agolpaban en la puerta para abrirse paso, algo de mí sintió un fuerte deseo de dar la media vuelta y buscar una cafetería donde poder seguir leyendo apaciblemente las Meditaciones de Marco Aurelio, que en aquel entonces acompañaban mis reflexiones cotidianas. Pero en ese momento de duda mi amigo salió a la calle a fumar un cigarrillo, y no tuve más remedio que saludarlo, acompañarlo y entrar con él a la galería. 

Reconocí otras caras de su entorno, que me saludaron de esa forma amistosa en la que suelen expresarse los estadounidenses, como si te conociesen de toda la vida, a lo cual respondí de manera similar. ¿Por qué siempre he tenido esa necesidad de agradar?

Cuando estaba viendo las litografías expuestas, se acercó mi amigo con una chica que no conocía. Era más bien guapa, de ojos inteligentes y un acento de inglés nativo de otras tierras. 

—Te presento a Emily. Es la curadora de esta exposición—dijo Jake –mi amigo— y estreché mi mano con quien se convertiría en verdugo de mi carácter desapegado para con las relaciones humanas.

—Emily, él es François; estudia conmigo en la universidad —agregó Jake, para concluir con la presentación formal.

Emily sonrió al estrecharme la mano, y Jake me dejó a solas con ella, frente a las litografías. No sabía muy bien qué hacer. Ella no se movía y el silencio que se había creado entre los dos comenzaba a pesar; yo no tenía intenciones de cargar con el peso de una conversación vacía. Pero Emily no percibió mi desgana, y comenzó a hablar. Me preguntó de dónde era y porqué había venido a estudiar a Nueva York. Me contó que era estudiante de arte plástico, y que combinada sus estudios con el trabajo en la galería. El dinero extra le venía bien. Al igual que yo, había venido a la Gran Manzana gracias a una beca, pero en una ciudad llena de estímulos, el dinero parece nunca ser suficiente. Ante su interés por mantener una charla conmigo no tuve otra opción que seguirle la corriente, y me vi entablando una de esas conversaciones que te llevan a recorrer toda tu vida en cuestión de minutos. Al final de ese preludio, me preguntó si quería tomar algo después de la muestra, a lo cual respondí que sí. No sé muy bien qué me llevó a aceptar su invitación, pero unas horas después terminaríamos en su habitación, teniendo sexo. Siempre me ha llamado la atención esa expresión tan curiosa de “hacer el amor”. Hasta el día de hoy, no entiendo del todo la correlación entre follar y amar. Pero Emily era de esas personas que amaba cuando tenía sexo, y a base de tenerlo regularmente conmigo, se enamoró de mí. Me caía bien, y me agradaba pasar tiempo con ella, pero en aquel entonces mi objetivo ya estaba bien marcado, y sentía que todas mis aspiraciones y toda mi neurosis tenían que ir hacia la consecución de aquello que, incluso hoy en día, me obsesiona. 

Había decidido que Estados Unidos era el lugar para mí. Me sentía a gusto entre esas gentes que tenían grandes ambiciones, y sentía que Nueva York era el epicentro de esa energía que te empuja al límite, a darlo todo para llegar adonde quieres estar. 

Me iba bien en los estudios, y trataba de no distraerme mucho más allá de aquello que había convertido en mi rutina diaria: ir a clase, hacer las tareas que me asignaban y leer aquellos pensadores que se alineaban con mi manera de ver el mundo. Pero un buen día Emily se sumó a la ecuación, y lo que comenzó como un par de noches a la semana para relajarme, terminó siendo una “relación”. Me dejé llevar por la fuerza arrolladora de sus deseos hacia mí porque, en algún punto, me reconfortaba la atención que recibía. En ese entonces no lo tenía tan claro, no podría haberlo puesto en estas palabras, si no que especulaba con la idea de que lo que sentía por ella era también alguna expresión propia de aquello que se dice “amor”, de una especie de sentimiento nuevo que estaba surgiendo en mí. Y me sumé a su corriente, dejándome llevar por sus ganas de pasar cada vez más tiempo conmigo. No duré mucho en esa vía, puesto que empecé a sentirme agobiado por su compañía, por su deseo casi constante de estar conmigo, y comencé a alejarla. Al principio no fue difícil, ya que era época de exámenes –se acercaba lentamente el verano— y Emily también necesitaba concentrarse en sus estudios. Pero las vacaciones llegaron y tuve que hablar con ella para hacerle entender que lo nuestro no iba ir a ningún lado. 

Quedamos en un bar al que solíamos ir. Era uno de esos rincones cerca de NYU donde se podía tomar cervezas de todo tipo: un lugar muy animado y cargado de un ambiente universitario. Si bien ninguno de los dos asistía a esa universidad en concreto, ir a ese bar me hacía sentir que pertenecía a un círculo de pensamiento en el cual yo deseaba fervientemente destacar, y rodearme de ese tipo de personas era (es) parte fundamental de mi manera de percibir aquello que me rodea como valioso, interesante. 

No nos veíamos hacía unos cuántos días. A la excusa de los exámenes le sumé la del descanso, por lo que había pasado más de quince días sin quedar con ella. Me daba mucha pereza tener que enfrentarme a la situación de rompimiento; ningún aspecto de las relaciones humanas se me da bien, pero era un tránsito inevitable, así que me dispuse a hacerlo de la manera más casual posible. Quedamos en el bar a la hora del bullicio. Nos pedimos unas cervezas y noté como Emily entraba en el mecanismo automático de “pareja”: como sabía qué cerveza me gustaba, como quería estar cerca de mí físicamente y la necesidad que tenía de demostrar una proximidad emocional que ella necesitaba, a base de usar motes para dirigirse a mí, en vez de usar mi nombre: honey, sweetheart, babe y otras palabras dentro de esa gama pegajosa que solo acrecentaba mi impulso por salir corriendo de esa relación que se había escapado de mi control. 

Fui directo al grano: después de un trago, le dije que en los días de distancia “obligada” (lo pongo entre comillas porque la obligación no fue tanta, sino más bien una excusa) me había dado cuenta de que yo no estaba listo para comprometerme con alguien. Que me caía bien y que había disfrutado nuestra historia, pero que no me veía manteniendo una relación a largo plazo. Nunca me ha costado ser directo; será que me desapego de las emociones para comunicar lo que siento. Emily se quedó paralizada. La sonrisa que se había dibujado en su cara desde que había visto la mía desapareció en un instante, y fue reemplazada por una expresión de incredulidad. Cuando finalmente se decidió a hablar, me dijo que no entendía qué estaba pasando. Repetí el mismo mensaje, parafraseando las palabras para que no sonara a monólogo aprendido. Me preguntó si ya no le gustaba, a lo cual le respondí que, para ser sincero, no era capaz de decirle si sabía lo que era eso de gustar. 

Se quedó muda durante unos segundos bastante eternos. 

—¿Estás bromeando? –preguntó. ¿Cómo puedes decir que no sabes lo que es eso? ¿Acaso eres un animal? 

No me tomé sus preguntas a mal; entendía que esto tendría que estar cayéndole como un balde de agua fría, por lo que respiré profundo y le dije que, simplemente, sentía que no estaba cableado para amar; que entendía el aspecto de disfrute que traía una relación, pero que ese disfrute ya se había agotado para mí. 

—Si lo pusiese en tus términos –reflexioné por un momento— igual es verdad que esto equivaldría a decirte que ya no me gustas más. Seguí reflexionando. Me pareció un gran hallazgo poder, por una vez, traducir lo que siento a la cosmovisión de otra persona. Me quedé inmerso en mi descubrimiento, a tal punto que olvidé su presencia por unos cuantos segundos. Cuando mi mente volvió al bar, miré a Emily. Noté que estaba tomando lo que quedaba de su cerveza en un par de tragos largos, que cogía su abrigo y salía por la puerta a toda velocidad. 

Regresé entonces a mi reflexión. 

Durante unos días no supe nada de ella. Cuando ya había pasado página y mi cabeza estaba nuevamente centrada en aquello que realmente me interesaba, recibí un mensaje de texto de Emily que decía:

—¡No quiero volverte a ver nunca más! 

—¡Eres un mentiroso!

—¡Un ser egoísta!

—¡Despreciable!

—Tú no sabes lo que es el amor: ¡Te odio, te odio, te odio!

Lo leí con curiosidad. Debo admitir que nunca nadie se había expresado de una forma tan candorosa conmigo. Esto de habitar las medias tintas en lo que relaciones se refiere hace que me mueva en un mundo de palabras tibias, poco comprometidas, y mucho menos enfáticas.

Pasaron los días y estas frases se grabaron a fuego en mi cabeza. Cada mañana al despertarme, lo primero que me aparecía en la mente era el mensaje de Emily, y podía escucharla gritándome “te odio” bien fuerte al oído, casi dañándome el tímpano. Podría decir que me sentí lastimado por sus palabras, pero no fue realmente el caso. Fue la novedad de la sensación que me acompañó durante un tiempo, no el contenido del mensaje per se. Y, al final, ella simplemente me había visto tal cual era, y había traducido eso a su propio vocabulario, a su manera de vivir la realidad.

Yo, en cambio, traduje sus palabras como una aceptación ruidosa de lo que era, sin más, nuestro final como pareja. Intenté olvidarme del asunto, pero una especie de sabor amargo me sigue acompañando hasta el día de hoy, un regusto que aún intento interpretar. Y, cuando menos lo espero, vienen a mi mente flashes de momentos que pasé con Emily, de situaciones que –debo admitir— disfruté. 

¿Habrá sido eso mi experiencia del amor?

¿Por qué dejo esto escrito, preguntarás? ¿Por qué lo comparto de forma anónima, para que sea leído por la primera persona que se lo encuentre? Quizás porque el escribirlo me ayude a ordenar este mundo de sensaciones nuevas que aún no soy capaz de catalogar. O quizás por la simple necesidad de ser comprendido y respetado en mis maneras y mis ambiciones, por todos, seas o no una persona de mi entorno. Al fin y al cabo, ya he dicho que tengo una debilidad por agradar.

Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no la verdad –Marco Aurelio. 

Escrito en noviembre de 2020 como parte del taller de escritura creativa de Fuentetaja.

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