Moby Dick

There are some enterprises in which a careful disorderliness is the true method. 

The more I dive into this matter of whaling, and push my researchers up to the very spring-head of it, so much the more am I impressed with its great honorableness and antiquity; and especially when I find so many great demi-gods and heroes, prophets of all sorts, who one way or other have shed distinction upon it, I am transported with the reflection that I myself belong, though but subordinately, to so emblazoned a fraternity. [1]

Y yo, ¿pertenezco a algo? ¿es acaso el portar una piel de un determinado color pertenecer a algo distintivo? Y esa distinción, acaso –a veces— ¿no me convierte en un ser despreciable solo por haber nacido de esta forma?

En esta página de Moby Dick se ha detenido el tiempo. Mi tiempo. ¿qué otro tiempo hay? Llegar hasta aquí para no poder seguir avanzando, porque ese movimiento interno que por costumbre se agita lo suficiente como para hacerme seguir adelante ha decidido que, en este momento, es tiempo de detenerse. O seguir. Porque, ¿quién dice que me estoy deteniendo o que me estoy moviendo? 

Vuelvo los ojos a la página. Capítulo LXXXII. 

¿Qué hago sentado aquí? 

Me observo desde la periferia de mis ojos, que me ofrecen la subjetividad de quien mira desde arriba. Traje gris. Impecable. Corbata azul pálida, pero con vetas de una tela sedosa y un poco brillosa que marca la diferencia entre lo barato y de lo que no interesa decir el precio porque es de mal gusto. Zapatos lustrosos, de piel marrón oscura. Paraguas negro, con mango de madera vetada. 

¿Llueve?

Y mi cara: ¿cómo será mi cara?

Manos blancas de dedos largos y finos. Uñas bien arregladas. Debo tener el cabello corto porque mis ojos no lo ven asomarse por los rabillos. No llevo anillo ni reloj –transcurro sin tiempo ni compromisos. Este personaje es justo lo que necesito para mirar lo que me rodea. En este momento. 

No tengo barba. 

No debo ser un cazador de ballenas. 

Todos los cazadores de ballenas tienen barbas.

Descubro que debajo de mis pies hay un suelo sucio y lleno de basura pequeña; que a mis costados surcan como poseídos por un sueño asfixiante cuerpos de personas que no parecen darse cuenta de que todo es, al final, un relato. A veces mejor contado. Otras, como en esta ocasión, un poco precipitado.

Bailan.

Es un baile de cuerpos poseídos por el vaivén de una máquina que entra y sale de la estación cada dos minutos. De puertas que se abren y cierran porque si no lo hicieran nos tiraríamos debajo de las ruedas del tren para encontrarle un sentido, al menos brevísimo, al hábito de respirar. 

Me agarro fuerte a los costados del banco en el que estoy sentado. Si todo desaparece en un abrir y cerrar de ojos (de mis ojos) –pienso— al menos este banco no desaparecerá. Ni yo tampoco.

Me escucho respirar.

¿importa si desaparezco?

¿Y de quien desaparecería?

Levanto la mirada. Frente a mí: un hombre de traje gris y corbata azul lee sentado en un banco del andén que va en dirección contraria. 

–¡No hay nada más allá de esa página! –grito.

Levanta la mirada. 

Deja el libro en su regazo, coge el banco con ambas manos y cierra los ojos. 


[1] Existen empresas en las cuales el verdadero método lo constituye un cierto y cuidadoso desorden.

Cuanto más me sumerjo en este asunto de la caza de ballenas, y empujo mis investigaciones hasta el punto de partida, tanto más me impresiona su gran honorabilidad y antigüedad; y especialmente cuando encuentro tantos grandes semidioses y héroes, profetas de todo tipo, que de una forma u otra se han distinguido por ello, me transporta la reflexión de que yo mismo pertenezco, aunque subordinadamente, a una fraternidad tan blasonada. 

Relato escrito para el taller de Escritura Creativa de Fuentetaja; publicado en redes sociales el 13 de mayo de 2021.

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