a la vuelta de mi propia esquina

Una vez fui caracol.

Me paseaba lentamente por los costados de los caminos; el tiempo no importaba: no era una dimensión que entendiera.

Lo que importaba era la lluvia, el sol y los animales. 

Y los niños.

Por alguna razón, a los niños les fascinan los caracoles. 

No era capaz de entender por qué.

Podía entender la empatía de los ancianos. De quienes deambulan con la cadencia marcada por los años que dejan mecha. Pero los niños siempre me habían parecido un enigma y su comportamiento natural de lo más alejado que se puede estar de aquello que nos mueve a los caracoles.

O al menos eso pensaba.

Es lo que tiene el no saber. Hablar por hablar, y esas cosas. Hasta los prejuicios de los caracoles son malos.

Nadie debería ser prejuicioso. 

Recuerdo una vez paseando por el costado de una carretera comarcal. Siempre me gustaron las carreteras. Y no: no es que me guste vivir al límite. O quizás sí: pero de forma más literal que metafórica. 

Hay algo en los caminos claros y despejados que siempre me ha dado una sensación de paz que ningún otro caracol –creo— podría explicar. Lo afirmo con creencia casi absoluta porque mis preferencias eran la comidilla de mis caracoles-compañeros de viaje, que veían en mi gusto por los caminos amplios y transitados un deseo suicida que yo no sentía –no de forma consciente al menos. Ellos preferían los caminos pequeños, llenos de maleza y alejados del deambular de animales cuadrúpedos y humanos. Yo, en cambio, perfilaba con frecuencia mi andar hacia las carreteras transitadas, que rebosaban de vida animal de todo tipo. Quizás mi alma ya vibraba con un tamaño que no cabía en los pocos centímetros que la carcasa de un caracol, o la longitud de un cuerpo baboso, permiten. 

Que me voy por las ramas. 

(En eso no he dejado mi hábito de caracol: darse un paseíto por las ramas de un tronco fresco y aromático es casi tan placentero como mojar los pies a la orilla del Mediterráneo una tarde de julio…les doy una analogía que haga sentido a los seres humanos, que imaginarse el gustito que da resbalar lentamente por un tronco joven puede que sea pedir demasiado de una mente humana).

Pues eso: que iba yo paseando tranquilamente por una carretera comarcal una tarde de primavera cuando, de repente, un niño me cogió en sus manos. Me cogió en sus manos y me cogió completamente desprevenido. Estaba yo tan embelesado con el contraste que el cielo abierto hacía con la carretera de tierra roja que no lo sentí llegar, y para cuando me percaté de su presencia ya no había nada de qué percatarse, sino más bien, solo quedaba meterse dentro, y esperar a que la joven criatura no quisiera utilizarme en uno de aquellos experimentos que los niños suelen hacer con los caracoles que encuentran en el camino, como tratar de separar mi cuerpo de la carcasa, o tirarme al suelo desde una altura pronunciada para ver si me hago papilla al llegar…

Y, sin embargo, este niño no hizo nada de eso. Simplemente me cogió en sus manos, y con cuidado, me llevó de paseo. Nunca me había transportado en otro Ser. Al principio recuerdo que me sentí muy frágil, inseguro por la incertidumbre y la sensación de que mi vida dependía literalmente de una pequeña mano que en cualquier momento podía decidir dejarme caer desde esa altura a mi muerte segura. 

Pero a medida que el paseo seguía, el viento rozaba mis antenas que tímidamente volvían a asomar fuera de mi refugio espiralado, dando paso a una sensación de confianza que nunca antes había sentido. 

Nos miramos. El niño me miró a los ojos con una mirada que salpicaba dulzura. No. Nunca había entendido realmente lo que era un niño. Por primera vez sentí la inocencia de un ser para quien todo lo que le rodea es una historia por descubrir.

Y, por primera vez, tuve un deseo desenfrenado por ser niño. 

El paseo concluyó con mi cuerpo posado en la hoja de un rosal carmesí, que tenía tanta vitalidad como el niño quien, con una leve caricia, me despidió dibujando en su cara una enorme sonrisa. 

Esa noche no pude dormir. La luna se asomó grande y casi plateada por el cielo despejado, y solo era capaz de repetir como un mantra mi deseo de ver el mundo con los ojos de un niño. 

Nunca había tenido tan claro algo; 

Nunca había sentido tan dentro de mí la necesidad de transformarme;

Envidié esa noche a las orugas, que se convierten por Gracia del Destino en bellas mariposas que vuelan a su nueva vida sin miedo, sin arrepentimientos.

Le rogué a esa Luna que Todo lo Ve que me concediera ese deseo;

Sentí que mi cuerpo explotaría de tanto saber, y de forma tan clara, que mi vida tenía que tomar otra dirección.

Otra historia me esperaba. 

Esa noche, cuando el cansancio ganó a mis fuerzas, y comencé a dormirme un viento fuerte e intencionado me tiro de un golpe de la hoja de rosal, y recuerdo caer desde muy alto a mi muerte.

Un llanto.

¿Estoy…llorando?

¿Qué son estas luces? 

¿Dónde estoy?

¿Quiénes son estas…personas?

–Viviana, ¡es un niño! ¡Enhorabuena! –dijo la doctora, mientras la enfermera cogía en sus brazos al recién nacido para cortarle el cordón umbilical. 

Texto desarrollado para el curso de escritura creativa de Fuentetaja, mayo 2021.

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