Pintada de negro

Saba en casa

Saba se escondía detrás de la cama de una habitación de paredes amarillas. No se dejaba ver. Mientras la cuidadora me contaba lo poco que sabía de ella –que tenía aproximadamente 6 meses y un hermano ciego— yo la buscaba impaciente con mis ojos. Era una bolita de pelo negro que corría al ras del suelo para no llamar la atención. Ya me había decidido a adoptarla, aunque la introducción de ambas había sido, por decir algo, poco prometedora.

Cogerla en brazos fue una misión casi imposible. A Saba no le gustaba estar en los brazos de nadie. No le gustaba y nunca le gustó. Hoy día, trece años después de ese primer encuentro, sigue siendo reacia a ser cogida en brazos. Pero ahora disfruta durmiéndose en mi panza mientras ronronea como motor fuera de borda.

Todos cambiamos.

Saba fue reina. De un territorio que existe en relatos bíblicos y de forma tangencial. Mito africano; mujer fuerte y seductora. Amante de un rey sabio a quien, cuenta la leyenda, se entregó para cumplir con una promesa rota, fruto del engaño del monarca. Solo ella sabe cuál es su verdadero nombre. Algunos la llaman Makeda; otros Bilqis o Balkis; hay quienes se refieren a ella como la Minerva Negra. 

Yo decidí llamarla Saba, sin más. Cuando la conocí lo vi claro: su pelaje negro brillante y sus ojos amarillos perlados daban cuenta de haber atravesado esta Tierra muchas veces, de haber vivido historias que solo los grandes poetas de antaño podrían describir. Fue reina y fue esclava. Fue mujer y fue hombre. Fue testigo de grandes masacres y vivió en carne propia, infinidad de veces, el dolor de la pérdida precoz, de la vida que poco vale en ojos de los que matan. 

Crio hijos, nietos y bisnietos; tuvo esposos y esposas, algunos amables, aunque la mayoría poco recomendables. No fue del todo feliz. Trabajó con empeño la tierra, hasta que sus manos se llenaron de ampollas y su espalda se expresó de forma convexa. Derramó muchas lágrimas, por quienes quiso y por ella misma. Lloró y lloró, tanto que casi olvidó su pasado noble. 

Un buen día, cuando su vida estaba por acabar, recordó súbitamente todas las vidas pasadas que había atravesado –incluyendo aquella primigenia en el rico Reino de Saba— y pidió no volver a nacer como ser humano. Lo último que vieron sus viejos ojos cansados, llenos de ignorancia y entrega, fue un gato negro que se paseaba tranquilamente por aquella sucia habitación de prostíbulo en la que moría de forma decadente. “Quiero nacer gato” –dijo en voz alta, aunque nadie la escuchó porque estaba sola, sin fuerzas y sin seres queridos para despedirla de su miseria.

Quizás su sueño se hizo realidad.

Quizás ahora es una gatita negra y un poco chicata[1].

Quizás nació en la calle, aunque fue rescatada y adoptada por una mujer movediza y arisca como ella. 

Quizás vivió en varias casas, países incluso.

Quizás creció muy poco en tamaño y aprendió a no ser tan temerosa. 

Quizás es la expresión viva del amor, porque eso es justo lo que necesitaba. Dar y recibir amor sin tener que explicarse, ni sufrir, ni luchar.

Y quizás, solo quizás, hoy duerme en mi cama, aprovechando que el sol entra por la ventana y le da el calorcito que su corazón –aún en proceso de recuperación— tanto anhela para seguir transitando este mundo. 


[1] Coloquialismo sudamericano que significa “miope”

Texto escrito para el taller de autobiografía de Fuentetaja, abril 2022

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