tu nombre (el mío)

Flotando en el espacio. Miles de puntitos lejanos que titilan. Por momentos, se amontonan en el rabillo del ojo, y aparecen más brillantes, más eternos y cercanos. Pero cuando doy la vuelta, vuelven a tomar distancia de mí, como si no quisieran ser tocados, molestados. La distancia de aquello que es infinito. De lo queSigue leyendo “tu nombre (el mío)”

érase una vez una mujer con serpientes en la cabeza.

Nunca he soñado con serpientes.  De hecho, nunca he sabido a ciencia cierta cuántas tenía en mi cabeza.  No siempre estuvieron ahí: antes ocupaba su lugar una cabellera hermosa, larga y de color rojo como el fuego, ondeada como el mar bravo. No recuerdo cuándo me acostumbré a sus presencias escurridizas. Siempre en movimiento, siempreSigue leyendo “érase una vez una mujer con serpientes en la cabeza.”

Rosa en cautiverio

–Rosa, ¿me escuchas?  Veo. Luz. Siento. Calor. Huelo. Un aroma ácido, penetrante. ¿feo? Escucho. Voces que repiten un nombre. Rosa. Veo.  Personas vestidas de azul. Siento. Dolor en el cuerpo. Huelo. Mi propio sudor. Escucho. Voces que repiten un nombre. Rosa. Y me miran. Y repiten: Rosa. ¿Seré yo? ¿Quién soy? Puedo abrir más losSigue leyendo “Rosa en cautiverio”

a flote

En un cuaderno ya usado, me reencuentro con el pasado. Lo leo, en voz alta, y lo observo desde cierta distancia: prudencial, sí, pero también real. No recuerdo el momento en el que lo escribí –por más que, prolijamente, le puse fecha— pero sí puedo reconectarme con los sentimientos que me recorrían cuando necesité escribirlo.Sigue leyendo “a flote”